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Sep 162008
 
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Raúl Camino, psiquiatra que desarrolló durante diez años la comunidad terapéutica de Colonia Ciudad Federal (Entre Ríos); creó un modelo de terapia innovadora y, lo principal, adaptada a la atención de la población más necesitada, con gran eficiencia y mínimo costo de infraestructura por la originalidad en el uso de recursos alternativos.
De una nota de Alfredo Moffatt
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 Posted by at 6:37 PM
Sep 162008
 
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En este documental se trata el tema de las comunidades terapéuticas, que tiene su origen en Inglaterra de la post-guerra y que otros países de Europa tomaron y modificaron. En éste film se rescata la experiencia de la Argentina. El documental está basado en entrevistas a los protagonistas de las dos experiencias que narra, ambas parte del Plan Nacional de Salud Mental de 1967 implementado por el gobierno dictatorial de Onganía. Mediante la memoria y el relato de varios de los protagonistas de estas experiencias, incluyendo a un paciente y un ex paciente, se da cuenta de la metodología de trabajo de “comunidad terapéutica”, el intento de los profesionales por la reconquista de la dignidad de personas de los pacientes perdida en los hospicios y de sus resultados. Hoy, con más del 30% de la población bajo la línea de la pobreza, queda claro, como ya quedaba en aquella época, que más de la mitad de los internos en hospitales psiquiátricos lo están “más por pobres que por locos”. Y la sociedad mira para otro lado, tanto con los pobres como con los locos. Al fin de cuentas, son las mismas capacidades sociales las que se pierden.

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 Posted by at 6:18 PM
Sep 162008
 
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Numerosos pensamientos han ido cruzando por mi mente a medida que hablaban el Dr.Proberbio y la T.O.Alicia Rusconi. Con Proberbio hemos sido compañeros de residencia y juntos hemos visto nacer una de las primeras comunidades terapéuticas del país: aquella llevada a cabo en el hospital de día del servicio N° 3 del Hospital Nacional de Hombres J. T. Borda, allá por los años 65, cuando era jefe el Dr. García Badaraco. De igual modo, la exposición de Alicia me llevo a recordar aquellas épocas en las cuales, como médico recién recibido, vi con asombro como las terapistas ocupacionales lograban un éxito terapéutico con un paciente catatónico, el cual resistió todo intento llevado a cabo por psicólogos y médicos.
En aquellos años 60, ya se entreveía en nuestro servicio la importancia del trabajo en equipo, la efectividad de las acciones terapéuticas de diversa índole, producidas por los distintos miembros del mismo. Ese germen de actividad ínter e intra disciplinaria fue uno de los gérmenes de aquello que luego se llamaría CT, en los diversos establecimientos del país que aplicaron esa técnica global para la institución hospitalaria.
Creo que es importante rescatar, para nuestra memoria histórica, ese trozo de tiempo que dio origen a las primeras CT del país. Sobre todo para una patria como la nuestra, con una historia tan entrecortado por numerosas interrupciones, cuyas consecuencias son la mala memoria, el olvido y la falta de registro de todo lo logrado en el pasado.
Como dije anteriormente, el primer proyecto de CT se produce en la sala 3 del Borda, y allí dio comienzo a la ejecución de un hospital de día comunitario, que se constituyó en madre de los posteriores proyectos ejecutados en el país. No es mera coincidencia que la mayoría de los mismos fueran dirigidos por ex-residentes del mencionado servicio. En el mes de mayo de 1966 se realiza la primera asamblea comunitaria en la sala 3, con la asistencia de unos 30 pacientes y algunos residentes. En aquella ocasión la conducción grupal de la asamblea estuvo a cargo del Dr. José Luis Valls. Yo no estuve presente, por encontrarme, en aquel año, en una base antártica como médico; y al enterarme, allá, de esa noticia, me pareció que el grupo reunido era multitudinario. Pues por aquellos años solo se concebían grupos terapéuticos de no más de 8 o 10 pacientes, de acuerdo a los esquemas de la época.
La experiencia quedó frustrada al ser removidos de sus cargos todos los residentes del segundo año, quienes habían llevado a cabo la experiencia. No fue ese el motivo real, pero cabe pensar que esa situación provocara cierto malestar en las autoridades del hospital; y que agregado a otras situaciones de tipo administrativo provocaran la posterior remoción de los jóvenes profesionales.
Posteriormente, en 1967, comienza una experiencia institucional de CT en el Hospital Roballos de Paraná, Entre Ríos, conducida por el Dr.Guedes Arroyo, que provocó un disloque en la psiquiatría tradicional hospitalaria de esa institución. En un año se lograron resultados asombrosos, produciéndose cambios y modificaciones en el funcionamiento hospitalario y en la evolución de los enfermos, que atrajo la atención de toda la psiquiatría, nacional y extranjera. Removido Guedes de su puesto por problemas administrativos continúa la experiencia el Dr. Petina, compañero mío y de Proberbio en la residencia, con los resultados exitosos en la recuperación de los pacientes que ya se habían observado anteriormente. Petina es removido al año de su gestión y el Roballos vuelve a funcionar a la manera clásica de los manicomios tradicionales.
En el mismo año de 1967, meses después de iniciada la experiencia en el Roballos, comienza a funcionar la CT de Federal, donde yo me desempeñé como director durante 10 años; a la cual me voy a referir, mas adelante, como un modelo, un tanto especial tal vez, debido a su desarrollo con pacientes psicóticos crónicos de larga permanencia en hospitales psiquiátricos tradicionales.
Otro referente de gran importancia en la historia de las CT de la Argentina lo constituyó el Centro Piloto de Lomas de Zamora, dirigido por el Dr. Wilbur Grimsom, quien organiza un servicio puntal en el Hospital psiquiátrico Estévez, provocando igualmente una conmoción de proporciones, en el ámbito psiquiátrico local y nacional. La experiencia duró algo más de un año. Pues también fue anulada y expulsada como un cuerpo extraño, provocador, de serias resistencias entre los psiquiatras tradicionales del hospital y del resto del país; llegándose al extremo de expulsar a su fundador: Grimsom, por alterar el orden constituido de la práctica institucional tradicional del manicomio. Y no podía ser de otra manera, ya que el Centro Piloto se constituyó en un foco de irradiación y de entrenamiento comunitario para el hospital y para los otros establecimientos psiquiátricos del país.
Debo destacar que, los que hemos trabajado desde los inicios de las CT, hemos tenido numerosas dificultades con los organismos oficiales y privados por el nuevo planteo totalizador de esta metodología de hospitalarios. Han llegando, en ocasiones, a planteos de orden administrativo y político, del tipo de denunciarnos o acusarnos de sustentar ideas subversivas con respecto al orden y estabilidad públicos y del estado.

Todo porque ***** trabajo que se planteaba a los profesionales intentaba rescatar de las profundidades de la locura a los enfermos mentales, pero: ¿qué provocaba, en la psiquiatría oficial, la aparición de las CT? No era, ciertamente, un temor a la alteración del orden publico, sino que amenazaba el establishment instituido, iba directamente al orden de la locura, de los locos.

Porque la propuesta de la CT es una respuesta frontal y tajante a la psiquiatría tradicional custodial y organicista. Psiquiatría que sostiene que el paciente psicótico es irrecuperable e incurable, que no existe ninguna posibilidad de mejora clínica y que lo único que se puede hacer por él es mantenerlo internado, aislado de la sociedad por ser: “potencialmente peligroso para él y para terceros”. Este criterio, puramente custodial, “carcelario”, impide la verdadera mejoría, la re-socialización y rehabilitación del paciente mental.

Raúl Camino, Morón, 1986.

 

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 Posted by at 6:05 PM
Sep 162008
 
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-Bueno, nuevamente estoy en este curso y siempre alegra poder hablar de esta experiencia. En realidad, puede ser como un tema repetido, pero no repetido a posteriori.
De eso vamos a hablar un poco. Voy a hablar de las comunidades terapéuticas. En este caso, efectuada en un hospital nuevo en aquel momento. Pero una comunidad terapéutica para psicóticos de largo período de enfermedad y tratamiento. Probablemente, muchos de ellos ya nunca saldrían del manicomio. Es decir, eran pacientes aparentemente desahuciados, a veces, para el psicoanálisis, para otras terapias y aún para la psiquiatría.
¿Cómo es concebido aquello? Brevemente: yo estoy en la Antártida, no en la época de Massera, mucho antes. Es un grupal del destacamento donde yo estaba. Entre la bibliografía que había llevado, aparecieron unos libros sobre comunidad terapéutica (tres libros): el de Rodrigué, uno de Jones y otro más. No hacía mucho al estudio que yo efectuaba pero los leí, y cuando lo hice me abrieron la cabeza. Me dije: esto me va a servir para, algún día, hacer un hospital que no sea como el Borda.
En aquellos tiempos, para mí, el Borda era el anti-hospital: los horarios de comida, de irse a dormir, la manera de tratar a los pacientes, la disciplina vertical. Una cantidad de cosas que yo decía: “esto no puede ser”. Al volver en aquellos tiempos de Onganía, me solicitan la presencia para ofrecerme un cargo. Y acá viene lo que yo armé en la cabeza: una institución como un país, como un ejército, como una empresa. Es un sistema, un conjunto de partes interrelacionadas. Lo que pasa en la parte E, de alguna manera, va a influir en la parte Z. En un sistema, todo lo que ocurra va a influir en otras partes. En algunas en menor medida, en otras en mayor medida. Esto de acuerdo a afinidades, vecindades, líneas de comunicación más directas, etc. Así que, concebido de esta manera, es siempre un sistema.
Si miran los hospitales y los ven como sistemas, podrán detectar si estos son sistemas más horizontales. Es decir, donde la pirámide de autoridad (o la punta) está más baja, ahí es más horizontal porque hay menos estamentos para recorrer. En muchas instituciones la pirámide tiene un ángulo muy arriba, entonces son muchos los estamentos a recorrer, y, naturalmente, están muy diferenciados. Este es un sistema tirando a horizontal, no una línea, porque si así fuera no existiría autoridad. Y de entrada siempre digo yo que una
buena comunidad terapéutica funciona con una autoridad fuerte, no dictatorial, fuerte, que es otra historia. Los latinos decían: “Suave en el modo, fuerte en el hecho”. Este sistema, en un hospital, significa que no está solamente en manos de los profesionales. Primer hecho.

Y que el acto profesional, si bien muy importante, no es el único importante. Es decir, existen otros actos vinculares (hablamos de vínculos) muy importantes, que, a veces, si no se toman en cuenta, pasan a la ignorancia (no desapercibido, a la ignorancia). Y pueden influir mucho en el funcionamiento del servicio, del sector, incluso en la recuperabilidad del paciente. Por ejemplo: es muy común, en grandes colonias, que el paciente vaya a trabajar espontáneamente a algún lado. Y bueno, que vaya, de paso ayuda y por ahí le hace bien. Ese por ahí es negativo. Le va a hacer bien o le va a hacer mal. ¿De acuerdo a qué? Al empleado, al tipo de trabajo, a si es un lugar adecuado. Ese acto, que sería un acto de resocialización o de rehabilitación, es un acto importante. No es un acto terapéutico, es un acto de rehabilitación.

En las instituciones no hay sólo actos terapéuticos en la manera en que los entendemos los psiquiatras, los psicólogos y muchas veces también los terapeutas ocupacionales. No, hay otros actos vinculares, sociales, de mucha importancia, y a veces más importantes que los terapéuticos. Por ejemplo: el movimiento de una sala de enfermería con los enfermeros. A veces es más importante el vínculo de los pacientes con estos enfermeros, que el vínculo que puede tener el terapeuta con el paciente. ¿Por qué digo el enfermero? Porque el terapeuta, con suerte, está una hora o dos a la semana. Nada más. Los enfermeros están las veinticuatro horas. Por eso son la columna vertebral de los hospitales, y si se rompe una columna vertebral, se rompe el esqueleto y el sector. Por eso es que en este sistema visualizamos distinto.
Nosotros, por educación universitaria, y porque de estas cosas no se hablan en una materia, que, supongo, habrán tenido: “Higiene”, o “Higiene y familia”, o “Salud Pública”, estamos acostumbrados al viejo modelo francés, alemán, inglés; donde el centro es el médico. Ahora se agregó el psicólogo, o se agregó el equipo, pero siempre son profesionales universitarios. Los no-universitarios son los paramédicos o personal auxiliar. Este personal auxiliar (obreros,
mantenimiento, maestranza, servicios generales, jardinería) es muy importante, porque el paciente pasa muchas horas con ellos, y estas personas pueden influir negativa o positivamente sobre su salud. No sólo la salud psíquica sino la salud social del paciente.
Entonces, en esta mirada como sistema miramos todo. ¿Y esto qué significaría? Tratar de que el sistema funcione terapéuticamente, en su totalidad, como una administración; no sólo como una burocracia donde nos manejamos con los papeles, y ahí supuestamente se hace todo. No, una administración vivida. Es decir, lo que se dice en el papel y verbalmente, se cumple. Si eso no sirve, se puede discutir. Esta administración democrática, para llamarla realmente, no ocurre en estos hospitales. El director se nos impone porque lo mandaron de arriba, porque estaba arreglado, porque le dieron manija y chau. A lo sumo elevo una nota de protesta y listo. Así, los papeles que bajan de arriba… ¿Cuántos papeles habremos firmado nosotros, que venían de arriba y después ni los cumplimos? Pero cumplimos la formalidad. Se sospecha que, firmando, el sujeto cumple. Esto ignora los procedimientos de toda institución, que tiene un sistema oficial, formal y otro informal que va por abajo. Si la gente cree que todo funciona en el nivel formal, no va. Si la gente sabe que lo formal está muy influido por lo informal: todo los corrillos, los grupitos, todo eso pasa al ver como funciona un hospital. Así es un hospital: una parte formal y una informal. En la informal, que siempre está subyacente a lo formal, funcionan motores muy fuertes de intereses, de personas o grupos que operan sobre el sistema formal. Sin ir más lejos, el sistema gremial. Formalmente, hablan con todos, conversan con todos y después no les importa el paciente por sobre el beneficio de los que integran el medio. Esta administración terapéutica es una administración confrontada. Se le puede decir al director, como me lo dijeron a mí, si esto sirve o no sirve. Si no sirve se cambia. Y así se va formando una cultura terapéutica basada en el cambio. Ninguna cultura es fija. Las culturas van cambiando. Y la cultura de una comunidad, como la de una casa, como la de cualquier institución donde hay muchas personas o pocas, va cambiando. Y lo que sirvió en antaño puede no servir ahora y puede volver a servir después. Depende de las circunstancias que están circulando en el hospital.
Estos son como los principios generales de la comunidad terapéutica. Yo siempre he creído en lo que se llama liderazgo compartido. Es decir, la delegación del liderazgo. El director delega en los profesionales, en los enfermeros y delega también en los pacientes. ¿Qué es esto del liderazgo compartido? Ojalá sean ustedes directores alguna vez y puedan manejar un sistema. El director tiene el liderazgo total, y este es tan autocrático en estos países que el director dispone; puede hacer sumarios y después puede cambiar, pero lo que hizo pelota ya lo hizo pelota. Es un partido diferente si uno va dejando actuar a otros líderes, que técnicamente saben más que el líder del mando.
Yo no sabía de cañerías. Cuando me llamaba la doctora: que hay que cambiar las cañerías, yo entraba a preguntar como un chico: por qué, qué tipo de caños, cemento. Y yo aprendía. “Bueno”, decía, se pedía y se hacía.
Tomemos lo de la huerta, los caballos, lo de zapatería, mecánica. Yo me enteraba o se enteraba otro jefe.
¿Cómo se instrumenta el liderazgo compartido por ejemplo? Hay en los hospitales un proceso muy importante para que puedan sobrevivir, que se llama: el proceso de adquisiciones y compras. Se compran medicamentos, elementos médicos, de mantenimiento, de todo: ropa, tela, etc. Yo quizás me puedo sentar, llamar a cada uno en particular, cada uno va a pedir mucho y después… ¿cómo se puede manejar esto de manera democrática? Se llama a reunión de los jefes de sector. En esa reunión, durante un mes discutimos el presupuesto. Yo decía: “tengo diez mil, esto hay que distribuirlo; y peleen, porque si no se pelean, cuando no esté el producto que ustedes quieren, no va, no me vuelvan a discutir. Y peleen”.
Cada uno siempre quiere más, después se van produciendo transacciones, se van como uniendo, por ahí las puertas son para un tractor y para una máquina. La cuestión es que se llega a un consenso. Ya no es ni el producto del director o del jefe de mantenimiento o del más matón. Es un producto donde todos pusieron, cedieron, pelearon, y es un producto admitido por todos. Nunca todos quedan conformes, está bien que queden protestando, se hablará en el presupuesto del año próximo. Un mes para acatar el presupuesto. Dos reuniones por semana, que, en general, no duraban una hora, duraban lo que fuera. Si duraba tres horas, duraba tres horas. ¿Pero qué es esto del liderazgo compartido en los pacientes? Era detectar quienes eran los líderes-pacientes y dejarlos que fueran dirigiendo la tarea en los trabajos. Por ejemplo, en la huerta había dos líderes-pacientes. Una vez pasaba por la huerta y los dos peones sentados, tomando una gaseosa y los dos pacientes dirigiendo. En la reunión de personal de mantenimiento yo les pregunté si les parecía bien. Y estos se quedaron duros: pero cómo, si los pacientes van a dirigir la tarea nosotros nos vamos a quedar sin trabajo. Y ahí tienen otro aspecto claro. Su trabajo es manejar la huerta, pero es más que eso, ustedes son como modelos para el paciente, modelos de identificación (nada más y nada menos). Hubo que explicar esto y fue entendido.
Entonces, era muy notable ver que, en los distintos sectores, los mismos pacientes impulsaban la tarea. Ahora, ¿cómo hacíamos nosotros para tener un punto global de coordinación? Porque sino esto es un quilombo. Esta es la famosa asamblea comunitaria, que es espectacular, sin dudas.
Acá hay una foto del año 1969, a un año de la colonia. Ahí están todas las autoridades del momento, visitas internacionales y locales. Y en el momento, si alguien ve la foto, hay una confrontación entre un paciente y un miembro del personal. El paciente le decía al cocinero que le estaba dando mala comida – lo que era cierto- pero el cocinero le decía: “claro que te estoy dando mala comida, si vos te estás queriendo levantar a mi hija”. Gran quilombo. Porque era mixto. Doscientos varones y mujeres. El que hacía, se la bancaba como podía.
Entonces, en la asamblea se tratan todas las temáticas. No es un grupo terapéutico. La asamblea es un grupo de decisión de cuestiones que hacen a todos en esa comunidad. En esa asamblea son todos participantes, aún el director del hospital, aún el coordinador. Se parece al psicodrama, pero en el psicodrama el coordinador está fuera de la acción; acá está dentro, porque está dentro de la institución. Hay que poner en juego y admitir que lo confronten a uno, y aceptar, quizás, una propuesta general que no afecte la ley escrita. Pero entre renglón escrito y renglón escrito hay un vacío.
¿Cuál es el problema de la comunidad terapéutica? Que son muy vivaces. Hay muchos conflictos y eso trasciende, porque hay denuncias de visitas, etc. Entonces, cuando viene la gente y las autoridades a mirar, hay que saber explicarles lo que está sucediendo. Nada contra la ley pero de lo que la ley no dice, se puede. Esto lo tenía yo también claro como principio burocrático.
Yo era considerado nazi o comunista. Nazi porque era fuerte, no era ningún gay, al que jodía, sumario. Tuve que rajar dos minas porque se levantaron a un paciente muy lindo, muy interesante, pero era paciente-

-¿Esas cosas también las decidía la asamblea?-

-Sí, pero esas cosas se sabían. Además, la ley era muy clara: no pueden existir vínculos entre personal y pacientes. Rajé a dos minas y un tipo-

- Eso es muy común en las comunidades terapéuticas-

- Si eso no está claro, es un quilombo-

-¿Qué tipo de decisiones se veían en una asamblea y cómo se llegaba a una decisión?-

-Yo voy a contarte cómo era una asamblea. Al principio venían, se sentaban y murmuraban entre ellos. Entonces yo agarraba una revista y leía. Y al rato decían: “para qué carajo venimos acá si se pone a leer una revista”. Y yo decía: “ya saludé, saludamos y nadie habla”. “¿Y qué vamos a hablar?”, decían. “Lo que quieran” contestaba yo. Los alcohólicos eran los más terribles al principio: “¿de qué vamos a hablar si usted después decide todo? A ver si después hablamos y usted nos da la cana o nos mete presos”.
Al principio la cultura del Borda era esa; bueno, ok. Pero como yo seguí leyendo al final de la hora bueno, yo quiero pedir textos. Después se acostumbraron, ya sabían que yo no iba a hablar. Yo había venido de la marina. Y en la marina había aprendido. Yo había visto todos monos y un pibe de veintidós años toca un pito y todos salen corriendo. Yo decía: cómo es esto, un pendejo de veintidós años manejando tipos de cuánto. Un día me pregunté, pregunté por ahí y me dijeron: es el peso institucional.
Claro, está toda la marina arriba, un tipo de cuarenta que no corre, van y lo sancionan. Y eso ocurrió acá, un cierto peso institucional. De manera tal que hay ciertas decisiones del líder (todavía hay que hablar de eso) que son puras, dependen de él y nada más que de él, y otras no. Decisión pura es cuando le llega una nota de que va a rajar gente, si la va a rajar o no. A mí me pasó eso. Decisión pura es qué va a pelear con el intendente cuando venga a quejarse de que los pacientes molestan en el pueblo. Esas son como decisiones puras. Lo mismo en este caso de cumplir esta norma de que no se tiene vinculación afectiva o, mejor dicho, íntima. Con eso era severo. No era severo con las relaciones entre los pacientes ni entre el personal, eso no me corresponde. Pero sí para los pacientes, por respeto al paciente.

Yo no digo que no haya habido otras relaciones, pero y no las supe. Yo aplicaba la ley, y aunque se puede hacer ahí en el acto la prescindibilidad de la ley, por qué la aplicaba yo, porque peligraba todo el trabajo que se venía haciendo.
Un perdón que nunca fue hecho, iba a ocurrir otra vez. No hay que permitir que se desvíe la dirección. Alguien que jode, corte la rama y el árbol sigue vivo. Así hubo que cortar ramas: un médico, un enfermero; chau y listo. Yo quería que eso funcionara.

-¿Era un psiquiatra?-

-Un psiquiatra que hacía las historias clínicas con los signos del zodíaco. Cuando llegaban los pacientes les decía: “abra la boca” y les tiraba halopidol, les tiraba bien, les ponía bien. Un día lo encuentro y le digo: “qué hace”. “Nada, no se dan cuenta”. Es puro olfato, estuvo bien, ¿no? Y la última se me retoba, no me acuerdo por qué, me contesta en inglés. Vino una posibilidad de cambiarlo y listo, chau. No, el problema vino cuando ya un paciente, un esquizofrénico, me acuerdo, de Santiago del Estero, me dice: “pero este doctor está loco, nunca se sabe si dice la verdad o si miente”. Hubo varias discusiones, pero además tenía otra característica: no participaba cuando había una asamblea; el tipo se sentaba separado, lejos, mostrando su lujo. Además decía que había aviones que lo filmaban y bueno, se está enloqueciendo, se va. Nosotros éramos un psiquiatra, el Doctor Camino, que medicaba en la asamblea, habitualmente de acuerdo a lo que los pacientes decían.

-¿No comentaste recién que había otro psiquiatra?-

-A ese lo rajé-

-Quedaste solo-

-No, es que no teníamos ningún punto de contacto, salvo la mujer que era muy bonita-

-En una época fueron dos, rajaste a ese, ¿y después nunca más te mandaron otro?-

-No, nunca más-

-¿Y qué había? ¿asistentes sociales, estudiantes, psicólogos?-

-En aquellos años, por medio de la revolución libertadora, se recuperan esos terrenos que eran cuarteles. Toda la frontera del litoral hasta Misiones. Tuve la ventaja de que había mucho barro y no podían venir. Se trababan y quedaban ahí. Y si me pedían de ir a Buenos Aires decía: “el servicio metereológico dice que el pronóstico es desfavorable”, aunque el sol estuviera alto.
El proyecto era lindo. Había una pista de aviación; un asistente de psiquiatría; tres psiquiatras; cuatro terapistas ocupacionales; cinco asistentes sociales; seis psicólogos. Yo pensaba en esto: va ser un gasto de combustible fuerte esto. Combustible de viaje. Yo lo tomé con cierto escepticismo esto, porque ya conocía un poco el ambiente.
Cuando vuelvo al día siguiente, a un funcionario, bastante mefistofélico, que no me miraba a la cara, le digo: “¿cuándo me van a avisar de la gente?”; “¿Qué gente?”; “Y la que me asignaron”; “Ah, no, Camino, ya la mandamos a otro lado”. El hombre la mandaba a las colonias donde tenía las amantes, funcionario de la vieja época. El tipo tenía una amante en vez de en cada puerto, en cada institución. Salud mental contaba con 36 hospitales en la nación, y había que recorrerlos. Así funcionaba eso. Me dice: “no, no, con usted solo. Vaya usted, cómprese un campito, póngase unos pacientes ahí a trabajar y ya está”. “Está bien”, dije. Ya el personal estaba asignado en otro lado. Yo tenía intención de hacer el proyecto así que me dije: “¿haremos la comunidad terapéutica?, Sí”.
Y así fue, durante los casi diez años estuve yo solo. Con un clínico muy molesto los primeros años, después lo rajé también porque me sublevaba a la gente. Y vino otro muchacho, muy buen tipo, que, sin dejar de ser clínico, cuando yo me fui siguió administrando la comunidad terapéutica. Hasta que los militares del proceso la cierran oficialmente como comunidad, con el argumento de que si era comunidad, era comunista. Lo cual me lo atribuyen a mí, y casi me limpian estando yo en otro lado. El día en que me iban a meter me salva un milico.
Así que era medio complicado en aquellos tiempos hacer estas cosas. Nosotros teníamos este sistema de asamblea, que los hacemos tres veces por semana: lunes y viernes a la mañana, y miércoles a la tarde. Las asambleas llevaban tres horas. En la primera media hora se hacía el famoso warming up, se calentaba el ambiente. Entonces seguían hasta que venía la comida. Yo no tenía problema porque la gente de mantenimiento se quedaba allá, o algunos venían de mantenimiento y otros se quedaban.
¿Qué se trataba en una asamblea? Había tres tipos de temas. Primero, administrativos: la luz, las sábanas, las colchas, la comida, si llueve, etc. Segundo, administrativos-técnicos: tienen que ver con la medicación; cuándo se la administra la enfermera, con los horarios que tienen que cumplir en sus tareas, en sus trabajos, eso es administrativo-técnico. Y por último problemas terapéuticos: cómo le va a la gente; cómo se llevan con la gente, con los enfermeros, con los otros grupos, entre ellos; etc. Y creo que esta es la parte más interesante, porque si bien era un hospital mixto, el tema amor aparecía siempre. Se habló mucho del amor, hasta que las mujeres pudieron expresar que ellas no querían ahí tener ningún barullo amoroso, porque estaban para curarse.

Y los varones empezaron a entender, porque al principio decían: “bueno si somos comunidad, ¿Por qué no puedo acostarme con fulana? ¿Fulana quiere?”. No, bueno, lo que importa es que Fulana no quiere. Entonces, se fue diferenciando esto de los géneros, como le llaman ahora, de los hombres y las mujeres.
Porque uno de los temas, se fue viendo, era la recuperación de la dignidad, la dignidad de los pacientes; de modo tal que puedan decidir.
Un día tuvimos una prostituta de paciente, que estaba siempre con pacientes y andaba forrada de guita. No había casi homosexuales. Había uno. Era como una homosexualidad esquizofrénica, de sometimiento a la mujer, era otra homosexualidad.
Las asambleas son una experiencia magnífica. Al principio las dirigí yo, después hubo una etapa en que las dirigían los enfermeros y al final las dirigieron los pacientes. Que era mi autoestima.
Los pacientes dirigían la asamblea. Un día me dicen: “usted de la asamblea siempre se lleva los registros, yo tengo algunos, no puedo traer todos”. Otros los tienen otros de allá. Y escribía lo que iba ocurriendo. Y no nos quedábamos únicamente con lo que ocurría en la asamblea. Sino que hacíamos lo que se llama post-mortem que, aunque a mí no me gusta, yo le llamo evaluación. Llamábamos así a la hora de preguntarnos qué había pasado.

-¿Y de esa reunión quiénes participaban?-

-Todo el personal, sin los pacientes. De repente descubrí que los pacientes iban a hacer la evaluación entre ellos. Una vez salí porque sonaba el teléfono y escuché a algunos pacientes hablar: “¿viste lo que le dijo uno a otro?” Estaban demandando esto y aquello. Y, no sabía por qué, mucho de ese material, mucho de la vida en una comunidad se pierde. ¿Por qué? Porque los pacientes tienen vida libre.
Yo no creo en las comunidades donde los pacientes tienen que estar con actividades y no pueden ni cagar ni respirar. Yo creo que tiene que haber siesta, sentarse a tomar mates, tienen que hablar de cosas de ellos. Eso es muy importante, el uso del tiempo libre, que no es ocioso. Así que ahí, en la evaluación, hablaba solamente el personal: Insúa, Sbaraglia, Sisto; no me acuerdo quién más. El personal se acostumbró a que, en ese lugar, no había tira del médico, ahí éramos todos iguales.
Es decir, se crea una comunidad terapéutica que se va desarrollando y que se va prometiendo de paciente en paciente, de grupo en grupo.

Por otra parte, la asamblea no es la única reunión de una comunidad terapéutica. Yo, personalmente, tenía la reunión del presupuesto; después tenía una reunión con los enfermeros. Un día, comíamos ahí, se discutía todo lo que había pasado en el mes, todos los quilombos menos los quilombos amorosos-personales del personal. La vida privada es otra historia. Después tenía otra reunión con todos los de mantenimiento, que eran oficiales de administración. Después vino una terapista ocupacional que manejó bien eso. No se creyó la dueña de eso, lo manejó bien. El personal eran 160 personas, 161, incluyendo personal católico y 162 incluyendo el
capellán de la parroquia. Enfermeros de ahí eran aproximadamente 70. Pero enfermeros hechos ahí, yo no tenía ninguno, ni diplomado, ni con concurso.-

-¿Pero estos enfermeros eran pacientes?-

-No-

-¿Cuántos pacientes había?-

-400, distribuidos en cuatro salas-

- ¿Los enfermeros iban por turnos?-

-No, porque ahí se podía dejar las salas abiertas. Excepto en problemas psiquiátricos graves, las salas eran abiertas. Había una gran independencia y no había problema. Tenemos confianza. Lo único que hacíamos era ir con todos los pacientes catatónicos o muy deteriorados. Yo pasaba y les decía: “vamos a la asamblea”.
Uno de los pacientes me lo encuentro en Buenos Aires. Yo vine en el 78 y esto fue en el 80. Cuando lo vi me quedé asombrado, porque
no sabía que le iban a dar de alta. Pero me dijo que había mejorado, porque siempre se acordaba cuando yo pasaba y le decía: “vamos, Martín, arriba”. Y yo no le podía contestar porque me quedé como alelado. Esto confirma todo lo que dicen los psiquiatras: catatónico. si uno parte de una base, como se hacía antes, de que los pacientes son irrecuperables, entonces ahí los dejamos y listo. Pero no, los pacientes son sorprendentes. El paciente también actúa como elemento terapéutico. Estoy aprendiendo Lacan y opina pestes de estas cosas pero yo digo que este no debe haber pisado una sala en su puta vida. Pero bueno, dejémoslo.-

-¿Y cómo se tomaban las decisiones?-

- Muy pocas veces se llamaba a votación. No, se tomaban por consenso. Al votar levantaban la mano pero sino, no. Las cuestiones no eran tan complicadas. A veces alguno proponía boludeces. Había uno que siempre decía: “aaahhh…”. Algunos pacientes iban como chicos, les gustaba joder. Uno decía: “vamos de campamento”, “no”, dice otro, “porque hay muchos mosquitos”. Y eso no era tomado en cuenta. Porque hacíamos campamentos, hacíamos tres campamentos por verano. Eso era interesante. Los campamentos, decididos por la asamblea.
¿Cuál era la característica de un campamento? El campamento se organizaba con los pacientes mismos, ellos se encargaban y dirigían todo: la hora de medicación; horario de comida; quiénes eran los cocineros; hora de dormir; si había bailanta; etc. Y nosotros éramos invitados y subordinados, porque también había que buscar leña. Después nos manejábamos con la radio del Salto Uruguayo. Mandábamos un mensaje y por la radio decían: “se informa a las colonias que están muy bien en el campamento”. Porque si había algún enfermo teníamos que comunicar, así que todo el mundo sabía que estábamos de campamento.
Entonces un paciente esquizofrénico-crónico, muy crónico, me decía: “mire, doctor, yo he pasado por muchos lugares pero como esto no vi nada. Me gustaría quedarme a vivir acá con la naturaleza, acá me da por hablar, por hacer cosas”. Y entonces le digo: “¿y allá?” Y, dice: “allá mucho cemento”. Porque era un cuartel eso, tenían un patio enorme, y el patio de damas era más chico. “Allá es distinto”, me dice, “acá tengo la libertad total”. Es decir, muchos de estos pacientes con la naturaleza en directo cambian totalmente. Porque hay que ver cómo dirigen los pacientes, organizan, hombres y mujeres. Porque era mixto el campamento. Y nosotros éramos para
alguna urgencia, medio visitantes, pero también había que buscar leña, agua, todo lo que hacían los otros. Gratis, nada. Yo, por ejemplo, me ponía a escribir encima de una enramada, porque fabricaban enramadas; la gente del campo sabe hacer muchas cosas.
Estábamos aproximadamente a 30 kilómetros del hospital. Eso fue 4, 5 años. Cuando llegaron los milicos me llamó una vez el jefe de Granaderos de Concordia y me dijo: “mire, doctor, yo sé que ustedes hacen campamentos. Le voy a pedir que no los haga más”. Un tipo macanudo. “¿No? Como están las cosas, un cabo celoso”, me dice, “le pega un tiro a un paciente y después tenemos que bailar los dos”. En el 75 termino.-

- ¿Y por qué crees que mejoraban los pacientes?-

-Sí, mejoraban-

-¿Había un número fijo de pacientes? ¿los400 pacientes que llevaron de acá, del Borda y del Moyano fueron los primeros pacientes durante los diez años o tenían ingreso de pacientes nuevos?
- Claro, es así: la estadística decía que nosotros teníamos un 82% de altas en un año, contra 16% que tenía el Borda. Pero esta es la
estadística bruta. Porque acá se consideraban ingreso y egreso. O sea que podían irse a los tres meses y volver a los seis, y volverse a ir de nuevo. Son dos altas pero es un solo paciente. ¿Por qué? Porque nosotros usábamos un criterio que había mejorado el paciente y lo tenías un mes, y no lo tenías resuelto. El primer alta que yo dí fue a un italiano, un tipo que hablaba en italiano y que me traducía un paciente. El italiano era un diariero. Al mes se quería ir y yo pensaba: “este tiene mentalidad del Borda”. Y lo venían a buscar y se iba. Un día por el Obelisco paso por un kiosco de diarios y el vendedor me dice: “Doctor, yo soy el kioskero de acá, no me olvido de allá, cuénteme cómo anda”. Y ahí me dije: “la verdad parece que las altas funcionan” y ya ahí tomé más confianza. Si el tema del alta se daba porque el paciente lo pedía y porque nosotros concordábamos. ¿Cómo mejoraba el paciente? Yo creo que nosotros lográbamos lo que actualmente se llama mucho el lazo social. Lo podemos explicar en lacaniano, pero, en este caso, tienen que ver todas las personas: médicos, enfermeros, personal y demás pacientes que han rodeado a este paciente.

Esto se llama re-socialización, que se daba por el vínculo y por la actividad. Yo tenía claro que la tarea mejoraba al paciente. Después lo aclaré más, cuando estuve en un seminario. Ya lo expliqué psicológicamente: hay un poco de libido que el paciente no puede canalizar y empieza a canalizarla con cierta tarea. El problema es lograr una restitución total. Eso es difícil a veces, pero ya va a tener una función de lazo social con los que lo rodean en la tarea y con lo que hace, que es un producto. Es decir, opera sobre la realidad, porque si no hace nada, opera sobre la fantasía.

También están los locos con el goce al sol. No disfrutan un carajo. Hay que levantarlos y llevarlos a algún lado. Llevarlos, hablarles, no se puede dejarlos tirados, porque están totalmente fuera del
contacto social. Más si tienen un aparato yoico y psíquico bastante complejo.
Así que estas nuevas actividades eran importantes. Pero imagínense todo esto potenciado por lo comunitario; porque todo tiene que ver con todo, porque lo que le pasa a uno intervienen todos. El sistema de la colonia era un sistema de tribunal. A las siete y media desayuno; a las doce, doce y media comida; a las cinco merienda y a las siete y media cena. ¿Cómo hacía eso? Porque hay que tener en cuenta que el personal cumplía un horario. La persona en vez de un turno tenía tres. Se juntaban los turnos, entregaban los cargos, seguía un poquito el otro. Con eso nunca hubo problema, anduvo todo bien.
En esta colonia el paciente tenía actividad social en fechas patrias. Después una conducta que hay que tener con los muertos. En todos lados, murió alguien y desaparece. Lo cubren, lo ponen en un tubo de esos y lo llevan a la morgue y listo. Primero, si el tipo se está por morir, llamar al cura, que era medio raro, con ideas socialistas. Entonces va a darle el sacramento, le hacíamos un velatorio como corresponde. Después íbamos al cementerio, se ponía al paciente en un carro bastante bueno, los pacientes lo acompañaban, los más amigos se quedaban cerca de él y se lo enterraba en un sector del cementerio dedicado a los pacientes.
Un día había un moribundo y no aparece el capellán. ¿Qué hace el director? Como el comandante Umbuku, así como caza a los pacientes, tiene que darle el responso a los muertos. Estuvieron rezando responsos ellos, los pacientes, más o menos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. Porque yo ya había optado por esperarlos en el cementerio. El capellán era un poco particular pero déjenlo ahí. Lo tuve que hacer y los pacientes estaban muy agradecidos, porque el muerto significaba algo para la gente. Después teníamos lo que ahora se llamaría pastorales litúrgicas. Al curita le gustaba morfar, ver minitas. Pero después llegaba el domingo y predicaba cualquier boludez. Entonces decían que las misas eran un desastre, que decía boludeces y no se le entendía nada, y no les daban ganas de ir. Entonces le digo: “tuve unas quejas de los pacientes, de que el sermón era un poquito dispersa”. Y dice: “mire, yo no estoy para transmitir ideas simples”. Le digo: “¿Por qué no hace unas relecturas y una especie de resumen y que el tema le sea útil a todo el mundo?” Porque iban los pacientes y algunos del personal. A veces iba más gente. Y entonces empezó a hacerlo y mejoró. Sí, mejoramos el servicio pastoral. Aclaro que el cura se nos casó después, dejó los hábitos y lo pusimos en un cargo administrativo. Pero un boludo, acá en Buenos Aires, dijo que no podía ocupar cargos administrativos; sí podía, pero no como cura, y me hice muy amigo de él. Había estado en Stalingrado. Nunca pude, por parte del cura católico, juntarme a hablar. Me decía qué es esto del comunismo y le decía: y bueno.
Entonces yo lo que le había prohibido a uno y otro eran las conversiones y los catecismos. Con el capellán católico no tenía problemas, era más vago que la mierda. Y el otro sí tenía mucho celo apostólico. Y como el pastor tenía muy buena palabra, predicaba muy bien el Pastor Becker, pero yo no quería catecismo. Como el cura Juan Pablo II que quería unir las iglesias. Entonces eso hay que tenerlo muy en cuenta, porque los pacientes saben que se van a morir y, como todos los que nos vamos a morir, nos tenemos que dedicar a algo. Cuando va a morir quiere que lo recuerden, es un anhelo y bueno. Acá había que plantear eso, el ser humano tiene todos los derechos.
Una última anécdota. El tiempo y los pacientes. El paciente tiene un manejo o sentido del tiempo un poco distinto que nosotros. Muchos de los esquizofrénicos que son jóvenes, que permanecen jóvenes mucho tiempo, para ellos el tiempo es como una eternidad. Yo me fui de ese lugar en el 79, 78. Y recién volví en el 92 a saludar. Cuando voy a entrar veo a un muchacho y le digo: “hola, ¿cómo anda usted?”. Y él me dice: “Hola, Camino, ¿cómo anda? Hace un tiempito que se ha ido de acá, ¿no?” “Sí, oh, qué bien”. Y cuando entro, todo el mundo es como si hubiera sido ayer. Tenían como un sentimiento reciente de tiempo. Y quería volver, no me voy a olvidar. Pero en ese tiempo de la dictadura estaban prohibidas las comunidades terapéuticas. El nuevo director tenía miedo a los pacientes varones, que son los que más trabajan. Entonces trasladó a todos los pacientes varones a otras colonias. Las mujeres no podían trabajar con las hoces y todo eso. Se desprendió de los pacientes más inteligentes y se quedó con los crónicos, quedó como hospital psiquiátrico.
Siempre me dicen: “volvé, Camino, te perdonamos”. Pero no quiero volver. Los milicos me trasladaron, bah, yo pido el traslado. Ya estaban los milicos. Me quieren mandar al Posadas a que colabore en la represión. Los 200 metros que separan salud mental al Moyano. Bueno, urdí lo que voy a contar. Le dije a un director: “me ofrecen esto y esto pero yo creo que estoy destinado a este hospital”. Y procede, en contra de sus principios, pero procede.
Los 400 de la comunidad eran: del Borda 180; del Moyano 130; y el resto era de la zona, de Villaguay, de un hospital cercano de Corrientes y gente que mandaban de la zona. Se llenó de gente de ahí.

- Bueno, gracias, Camino-

(Aplausos).

- Bueno, gracias. Quiero decir que no sé quién me criticó y Pichón Riviere me dijo un día: “siga, Camino, siga”.

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 Posted by at 6:00 PM
Sep 162008
 
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-¿Tenías 28 años cuando iniciaste esa experiencia?-

-Si. Era un muchacho joven, con mucha fuerza, y ya tenía yo, desde que era estudiante, la idea de que el hospital psiquiátrico tenía que cambiar. Porque tanto en Córdoba, como en el Borda, donde vine a hacer la residencia, a mí me espantaba esta secuencia: desayuno, 5 de la mañana; almuerzo, 11 de la mañana; merienda, 3 de la tarde; cena, 6 de la tarde. Esto qué indicaba: que ahí no había posibilidad de hacer nada.
La otra cosa que me llamaba la atención, que saltaba a la vista, era cierta desatención de los pacientes, en este sentido: se le daba mucha importancia a los tratamientos biológicos. A los residentes se nos mandaba a hacer psicoterapia modelo kleiniano. Y el resto del día los pacientes andaban por el loquero.
Ahora, ¿qué veía yo? Que algunos deambulaban, pero otros iban a talleres, se juntaban. Es decir, el cuento de “cada loco con su tema”, yo nunca lo creí, nunca lo vi. Hay “locos con su tema”, pero cuando hay ciertos armazones que permiten el agrupamiento, el “loco con su tema” puede participar.
En el Borda yo era residente; yo no podía hacer nada. Lo único que pude hacer -raramente visto- fue sacar a un grupo de crónicos, a caminar. Eran unos crónicos particulares, porque uno era belga; el otro, nunca supe qué era, creo que polaco y los otros eran criollos. Con el belga había que hablar en francés; con el polaco, Dios dirá y con los criollos no había problemas.
Así salíamos a la calle. Los tipos miraban asombrados. Es que estaban todo el tiempo en la cama. Y yo pensaba: ciertas enfermedades pueden mejorar con algún tipo de actividad. O, por lo menos, no son todos los pacientes, como estaba descrito, esquizofrenias simples, en cama; catatónicos, en cama; paranóides, protestando solos. No era tan así. Eso era para el psiquiatra que lo veía una vez por semana. Pero como no había un orden o un ordenamiento, el paciente andaba por ahí, tirado, desordenado, en los yuyales.
Yo escuché a un director decir que él estaba orgulloso de que sus pacientes tomaran sol. Para nada. No tomaban sol, estaban locos frente al sol. Entonces, yo tenía en la mente cambiar.
Por razones de economía, no de soberanía, me fui a la Antártida, con la Marina.
Para no perder el tiempo, estudié temas de grupos, con los grupos antárticos, es decir: dieciocho meses en la nieve, aislado, sin mujeres, y leyendo sobre grupos. Ahí caen tres libros importantes para mi: Rodrigué, Clarcks, y Maxwell Jones. Yo no pensaba leerlos, pero dije: bueno aquí están; y los leí. Yo seguí describiendo la cuestión grupal, pero esas lecturas me marcaron. Y me quedaron las ideas.
Yo fui a Federal, y antes, en la Antártida, había un muchacho que era de Federal.
Como las películas que teníamos era muy viejas, y ya las habíamos visto mil veces -El Zorro, El Conde de Montecristo-. Entonces, cuando nos reuníamos, cada uno contaba sobre su lugar de origen. Este muchacho contó cómo era Federal, exactamente como yo después la conocí.
Cuando volví, ya estaba Onganía, y en Salud Mental empezaron a buscar “jóvenes oficiales” para la conducción. En mi caso, tendí a las colonias, porque había la intención de crear colonias “de desagüe”, es decir: sacar crónicos del Borda y llevarlos al campo, y listo.
Me hicieron recorrer en avión todo el Litoral, y fuimos viendo lo que eran cuarteles abandonados, que ya no servían y que habían sido creados, en una maniobra estratégica por Perón, previendo una posible invasión de Brasil a la Argentina. Era una cadena de cuarteles a lo largo del río Uruguay. Yo iba viendo.
Me gustó el de Misiones, pero los gendarmes no lo querían dar. Entonces, mirando bien los mapas, elegí Federal, pensando que, al estar más cerca de Buenos Aires, podía tener una mejor comunicación. Felizmente no fue así.
Voy a explicar lo de “felizmente”. Primero me llamaron -alguien que organizaba la parte administrativa- y me dijeron: “Vaya Camino. Usted va a tener residentes, terapistas, asistentes sociales, psiquiatras, avión”. Porque había una pista de aterrizaje para ir y volver. Eso, en honor a la verdad, era un proyecto que tenía Goldemberg. Y lo tenía planeado así. Pero ustedes saben que Goldemberg, ya en esa época, aparte de judío, era considerado “rojo”. Cosas de la época. Bueno, yo dije: bárbaro, esto viene bien.
A la semana vuelvo para buscar la dotación de personal, y el mismo tipo me dice: “No, mire, lo han pasado a otros hospitales; va a quedar usted solo”. “¿Cómo?”, dije yo. “Si”, me dice, “Son crónicos. Usted váyase al campo, cómprese unas hectáreas, unos animales, los pone a pastar, y pone a los enfermos a que le cuiden la hacienda”.
Entonces a mi me vino la imagen de esa cosa de esclavitud. Pero como yo tenía mi proyecto, dije: “si, total, veremos”.
Así me mandaron a reclutar personal. Y tengo que rendir un homenaje a los entrerrianos, gran gente: francos, directos, laburadores.
Todo el personal, salvo algunos profesionales, era gente que nunca había estado en un hospital, y menos en un hospital de locos. Así que ese personal fue formado en lo que se llama: “educación en servicio”.
Es decir que yo allá no era el “supuesto saber”, yo era “el saber”. Yo asumía un saber que no tenía, porque yo nunca había dirigido un hospital, y nunca había dirigido una comunidad terapéutica. Era solo un proyecto.
Como yo soy medio fóbico, cuando llegaron los pacientes, hice inmediatamente la primer Asamblea.
Primera cuestión: cuando yo llego al Borda a buscar a los pacientes, me dieron primero a los oligofrénicos, los dementes y los orgánicos. Así el proyecto no podía funcionar.
Entonces qué pasó: me peleo con el director a muerte, a los gritos. Porque, les voy a contar algo, yo acababa de venir de la Marina; vestía de punta en blanco; no de uniforme, pero sí de traje, impecable, y tenía unas costumbres que se me han ido -por ahí aparecen, pero ya muy poco- palabras breves: “firmes”, “terminar”, “comprendido”.El tipo me miraba, no entendía nada, y me decía: “Bueno, Camino, te pusimos los más buenitos”.
“Yo no quiero los más buenitos, yo quiero los funcionales”.
Entonces, un día me fui con tres aspirantes a enfermeros y elegimos 150 pacientes. ¿Cómo? Yo miraba la historia, el diagnóstico y por ejemplo, si decía: “retardo”, “oligofrenia”; no. Pero si decía: “esquizofrenia”, “paranoide”, “peligroso”, “recluido”, si. Si decía: “catatónico”, Si; “simple”, Si; “paranoico”, Si. Yo me llevé esos psicóticos medio indomables, así que me dijeron: “Cómo no, Camino, lléveselos todos”.
Y acá viene esta cuestión del crónico. El paciente crónico, de larga estadía, son pacientes que, una vez que enfermaron, nunca más se recuperaron, o han tenido recuperaciones breves, y siguen enfermos. Entonces están los delirantes, los alucinados, los simples, los defectuados, los residuales.
Para mi, en aquella época -y aún sostengo algo parecido-, esos eran pacientes “funcionales”; para diferenciarlos de los “orgánicos”.
Un epiléptico, un demente, una demencia alcohólica, un traumatismo de cráneo, eso es orgánico. Y a ellos no los tenía yo presentes. Yo tenía la idea de que estos pacientes funcionales, con los tratamientos modernos, y el tratamiento social, podían mejorar.
Entonces me llevé esos. No me importaba el peligro. Nos llevamos 150 enfermos en tren. Dos vagones “para locos”. Y tuve la oportunidad de ver el comportamiento del personal.
El Borda mandó cinco enfermeros; nosotros teníamos tres. La enfermería del Borda, acostumbrada a la época, no llevaba el apunte. Se juntaban ahí, chanceaban, tomaban café. Los míos estaban atentos. Entonces un paciente, mientras estábamos navegando en el ferry -entonces no estaba el puente-, me dice: ¿por qué no salimos a ver el río?
Yo tengo un criterio: si está todo medianamente armado, uno puede prevenir, así que le dije: “Bueno, vamos…”
Así fue que mis enfermeros empezaron a llevar de a quince pacientes a cubierta; y los pacientes empezaron a hablar. Un italiano decía: “Uh, me hace acordar a no se que río”, otro señalaba algo…Todos bárbaro. Y los del Borda decían: “Se va a tirar, se va a tirar”.
No se tiró nadie, no se cayó nadie, todos miraban y hacían comentarios. Hubo que hacer un trasbordo y no se nos perdió nadie; todos se ayudaban entre ellos. Todos preguntaban a dónde iban.
Ahora, yo después pregunté porque me habían puesto un tren “para locos”, nada más. Y ahí me enteré que hay una ley que decía -y aún dice-: “Si hay un enfermo mental, debe viajar solito en un vagón para locos”. Ley del año 17, que nunca se derogó.
La cuestión es que así llegamos a Federal, un poco cansados.
En los pueblos, el tren es el mirador. Yo, cuando quería ver cómo venía la mano, me iba a la estación; entonces uno ve que baja uno por acá, otro por allá, con distintos gestos, distintas características.
Bueno, ahí estaba todo el pueblo, viendo a los locos. Los locos formaron de cuatro en fondo, y tranquilamente subieron a los colectivos y los llevamos a la colonia.
La Colonia qué eran, como les decía antes, viejos cuarteles del ejército, con todo y calabozos incluidos. Y con un proyecto en marcha para reformarlos y transformarlos en hospital. De modo que nosotros, durante un año y medio, tuvimos lo que técnicamente se llama una “administración combinada”; los del ejército y nosotros… Pero el comandante era yo. De manera que el personal de ejército estaba subordinado a mí, y al que jodía, lo bajaba.
Me tocó, por orden superior, llevar a un medico grande, un parafrenico. Yo tenía que ser muy rápido, de acuerdo al diagnóstico, yo instalaba la medicación, de modo que los pacientes, todos, ya estaban medicados el primer día. Comieron, se bañaron, se vistieron. Y este médico me dice:”Me permite, voy a ver la medicación”. Y le dice a un paciente: “Abra la boca”, y le tira la medicación y le acierta a la boca. Buena puntería.

“Esto no está bien”, le digo.

“No, son loquitos, no se dan cuenta”, me dice…

Y a mí me apareció en la frente una cruz de Lorena: a la primera de cambio le hice pisar el palito, y chau.
Cuando uno tiene un proyecto en la cabeza, para que funcione, todos tienen que cinchar para el mismo lado. ¿Cuál es la definición de conducción? Es aunar voluntades para conseguir un objetivo común. La conducción no es mandar, decir vaya para allá, venga para acá. Eso es una locura. Lo que hay que lograr es que la voluntad de todos se una a la del líder, que entiendan la idea y empujen. Y este colega se fue.
Vinieron tres enfermeros del Borda por ser “experimentados”. Experimentados en las viejas mañas: out. De alguna manera se tenían que ir.
Vinieron unos enfermeros diplomados de la escuela de enfermería de los adventistas. Dos de ellos empezaron a ver aviones que los observaban y los filmaban: out. Muchachos, ustedes se van.
¿Con quiénes me quedé? Con los que no sabían nada.

Un mes antes de todo esto, la gente ya venía cumpliendo su horario de trabajo, porque tenían esa obligación. Y no sabían nada.
Entre mis subordinados también había suboficiales del ejército, que me decía “mi Teniente”, y yo les decía “Nada de mi teniente, llámenme doctor”. Eran buenos tipos, y un día uno de ellos se me acerca y me dice: “Doctor, ¿vamos a hacer academia?”, que es instrucción teórica, en la marina. Y ahí se me ocurre: separo al personal que iba a ser técnico: enfermería, asistencia social, todo así nomás, improvisado: y el personal de mantenimiento: talleres, trabajo agrario; y empezamos a funcionar en grupos.
Yo tenía 170 personas -cura incluido- como dotación de personal, y los dividí así: 90, supuestamente técnicos, en un grupo, para explicar lo que pasaba -mi colega el parafrénico se quedaba afuera y nos miraba, y sonreía, y yo pensaba: este no sabe con quién se mete. Porque la elasticidad no es blandura; la elasticidad es juzgar cada situación para entender qué fuerza hay que aplicar-. A este personal le expliqué brevemente el propósito de esa Colonia. Como había escuchado a una empleada comentar. “Uy, mirá el gurí -el pibe- que nos mandaron”, aproveché esa reunión para ser reconocido. El líder no es reconocido desde el principio; al principio es puesto a prueba. Entonces yo les dije que yo quería que esa Colonia fuese la mejor de Sudamérica. Y que íbamos a demostrar cómo se hacía una psiquiatría distinta.
Por supuesto, nadie sabía cómo era la otra psiquiatría, la que teníamos que superar, pero yo iba lanzándoles los mensajes fuertes de lo que quería. Así que el gurí era gurí, pero sabía lo que quería.
En realidad yo tenía que estar pensando continuamente: “¿y ahora qué hago con estos noventa?”
Usé el famoso método Phillips 66. Que eran seis personas, seis minutos. Allá eran diez personas, tres horas. Escribían, tomaban notas. Por ejemplo, yo recuerdo esta pregunta “¿Qué opina el pueblo de esta Colonia?”. Respuesta: yo era Hitler; me mandaban a quemar locos. Otra: no iba a poder manejar a los locos, entonces, iban a avanzar sobre el pueblo e iban a violar a todas las mujeres.
Tercera: había un puente que los ingenieros militares tenían que reconstruir siempre, porque cada vez que venía la creciente lo destruía; bueno, ahora no había que reconstruirlo, para evitar el malón de los locos.

Y todas así, ideas muy originales.

Yo dije, bueno, evidentemente no nos quieren. Y yo ya lo había advertido antes, cuando buscábamos un lugar para la Colonia que en ningún lugar querían una Colonia de locos. Pero sí se acordaban de que cuando allí estaba un regimiento de caballería, de unos 600 hombres, el pueblo se movía, económicamente se activaba. Y cuando llegamos con la Colonia volvió a moverse, porque aparecieron las compras, las licitaciones para abastecerse, y el pueblo vio que la cosa se reavivaba.
Bueno, un mes tuve así a la gente.
Los de mantenimiento, criollaje y gringaje más huraño, hablaban poco. Un día le pregunto a un alemán. “Dígame Bloch, ¿por qué no hablan?”. “Y, doctor”, me dice “a ver si decimos algo que no conviene y nos rajan”. “Bueno”, pensé, “está bien, está bien, estos se protegen”.
Lo que yo les explicaba en las “academias” era que ellos eran factores terapéuticos; que esta gente, con su oficio, con su funcionamiento, eran o terapéuticos, o anti-terapéuticos. No había neutralismo.
Todos se miraban. Alguno dijo: “Pero no somos doctores”.
“No”, les dije, “no importa que no sean doctores, importan ustedes, como personas, eso es lo que va a influir sobre esta gente.”
Ellos seguían mirando extrañados, pero les gustaba.
Cuando llegaron los pacientes, los que funcionaban como enfermeros se empezaron a mover, y muy bien.
Una de las cosas que yo había advertido en los loqueros era el “che”. “Che, andá para allá”, “che, vení para acá…” y no me gustaba. Entonces, desde el principio, saqué diez normas para el trato con el paciente. Tratarlos de usted, basta de che, el tuteo de acuerdo a la edad.
Cuando yo vine, semicastigado por el proceso, al Moyano, Marchant, el jefe del servicio, tenía las diez normas para el personal. Yo me hice el tonto, y él después me retó porque yo no había reconocido públicamente que yo las había establecido.
Otra idea mía era la siguiente. Yo en aquel tiempo, de Lacan no tenía ni idea. Todo era kleiniano entonces. Casco para soretes voladores, Vagina dentada. Entonces, yo trataba de tomar el modelo kleiniano de las ansiedades básicas.
No me salía. Yo trataba que el paciente tuviese dignidad. Dignidad de persona. Dignidad en el trabajo. Porque soy de los que piensa que el trabajo da dignidad a la persona. Por esto, una vez en Mendoza me trataron de marxista. Pero yo tenía claro esto de la dignidad, porque el objetivo, en mi mente, era que el paciente hiciera algo. Hay pacientes que tienden a hacer cosas espontáneamente, pero otros no.
Bien, primera asamblea. Llegamos un sábado, y la primera asamblea se hizo un domingo: 150 locos; un director loco; 180 empleados mirando. Y también mirando el intendente; el jefe de policía; el subjefe de policía; juez de paz, todo el mundo mirando.
Empezó la asamblea. Un intercambio de delirios espectacular. Entre ellos el director, porque el primer delirante era yo. Eso nunca se había hecho, en ningún lado, entonces el delirante lo estaba haciendo. Esto yo solo lo supe mucho después.
Entonces, se hablaba de platos voladores, de los espíritus, los comunistas, los anticomunistas.
Yo miraba. Las autoridades miraban. Después no vinieron más. Habrán dicho el circo ya está hecho, y listo.
En las asambleas siguientes los tipos no hablaban, y yo me enfurecía.
Un alcohólico me dijo:”Dígame, para qué quiere que hablemos, si usted es el medico, si usted va a definir todo; nos quiere hacer electroshock, lo hace; nos quiere mandar al calabozo, nos manda… Qué quiere que hablemos”.
Lo que yo entendí, mucho después, fue este fenómeno de la transculturación. Yo venía con una idea. Y los tipos venían con la “cultura Borda”: hablemos lo menos posible, y hagamos todo por abajo. Es decir que hubo que ir mostrando, poco a poco, que eso que yo pensaba se podía hacer.
Tres o cuatro meses estuvieron de bacanes, no laburaban, paseaban, morfaban. Y yo les decía: cuándo van a trabajar. “Qué vamos a trabajar, son ustedes los empleados, nosotros somos pacientes”. “Miren que les voy a pagar un peculio -un pago por el trabajo-”. “No, seguramente se lo va a guardar algún enfermero”. Porque estaba la costumbre de que algunos médicos y algunos buenos enfermeros se llevaran el pago de los pacientes y lo pusieran en su caja de ahorro.
Bueno, me decía yo, a tragársela, a aguantar.
Lo que yo pienso es que en estas instituciones, como en cualquier acto administrativo, hay que aprovechar esos momentos que se dan solo una vez, y que son de emergencia. Ahí el líder tiene que ir a la cabeza.
Entonces, un día vienen los del ejército, se cuadran, y me dicen: “Doctor, tenemos que cambiar el depósito”. Porque el depósito estaba en una de las salas que había que reacondicionar, entonces había que mudarlo a unas caballerizas cubiertas que podían cumplir el mismo propósito.
Le digo: “Busco el personal, y esto lo hacemos en una semana, más o menos”.
“No, no Doctor, en dos días”
“No voy a poder”
“Pero hay que hacerlo”
Entonces voy a los pacientes, y los arengo. Porque yo usaba recursos como la arenga. La arenga es una manera de sugestionar a la persona para que haga algo.
Entonces, arengo a los pacientes: “Señores, pasa esto y esto y esto… De manera que a partir de ahora vamos al depósito y lo trasladamos. ¡Vamos!”. Y corrí yo adelante.
Me siguieron.
En menos de dos días, depósito trasladado, y pacientes laburando, al lado de los empleados.
Porque también los empleados andaban mañereando: “Con los locos no, yo no trabajo”.
De ahí en más, salieron las listas para trabajos, y allí comenzó lo que técnicamente se llama “rehabilitación laboral”.
Lo aprendí cuando fui a Dinamarca, pero antes ya lo hacía a ojo, con las ideas de Cabred.
Al mismo tiempo se empezaron a afianzar las asambleas. Se empezaron a afianzar por los pacientes se empezaron a dar cuenta de que lo que se decía se hacía.
En una de estas asambleas un empleado lo recrimina a un muchacho, a un paciente, diciéndole: “Vos te querías levantar a mi hija”… Hasta delante de los generales, que estaban todos ahí, con otros funcionarios que justo ese día habían ido.
Y el paciente le dice: “¿Y para qué traes a tu hija acá, si es tan linda? Cómo no te la vamos a mirar”.
Y ahí se armó una pelotera. Y esto motivó una gran discusión: ¿qué pasaba con las chicas jóvenes que visitaban a los empleados?
Yo ya aparecía más tranquilo; ya hablaba menos.
En otra ocasión, aparecieron mujeres: “las chicas” del Moyano. En el Moyano ya sabían que yo me llevaba a estos locos funcionales, y me mandaron todas las esquizofrenias simples.
Los pacientes esperaron a las chicas; las cortejaron. Las mujeres del Moyano no estaban acostumbradas a estar con hombres, así que no les llevaban el apunte, los miraban como diciendo y estos quiénes son, qué quieren.
La cuestión es que teníamos de un lado una sala de varones y del otro lado dos salas de mujeres; pero yo no tenía la gran pared con vidrio arriba, para que saltaran. Yo ya había visto, en Oliva, tipos tajeados, pero contentos. Así es el instinto, o la pulsión.
Y las mujeres fueron a las asambleas. No entendían nada, pobres; venían más atrasadas.
Después se incorporó también gente de otras colonias; más chicas, de Entre Ríos, y alcanzamos los 380 a 400 pacientes.
¿El equipo?: Un psiquiatra -el subscripto-; personal en formación continua; un clínico que venía y se iba, con el cual hubo muchos problemas, y al cual al final eché, con las mismas normas de López Rega que él pregonaba. Porque también hay que tener astucia. Porque, como decía el jefe de los comandos ingleses: “hay que ser un león en la batalla, y un tigre con la burocracia”; porque la burocracia jode, y jode, y jode.
Cuando se completó el número de pacientes, todo el mundo fue a talleres, y hacíamos tres asambleas por semana: por la mañana los lunes y viernes, y los miércoles, a la hora de la siesta -donde, efectivamente, el doctor Camino se dormía-.
Estas asambleas duraban tres horas. Yo no creo en la asamblea de una hora. En una hora recién empieza a caldearse el ambiente, y yo tengo una teoría: se hacen asambleas de una hora, porque cuando se calienta el ambiente, viene el peligro.
Tampoco creo en las asambleas con “orden del día”; eso congela. Anotan, media hora de anotaciones: primer tema: tonterías; segundo tema: algo interesante; cuando llega el tema importante: “bueno, ya nos vamos, terminamos”.
Allá la asamblea era libre. Como era libre, los pacientes no arrancaban. Entonces yo qué hacía. Había leído por ahí que algún terapeuta grupal hacía esto: yo llevaba un diario, o una revista, y como nadie hablaba, yo decía buen día, y me ponía a leer.
Leía en serio; no fingía. Hasta que alguno decía:”Eh, pero usted que viene, ¿a leer?”
“No, tienen que hablar ustedes. Como no hablan, yo leo.”
Entonces decían: “jodido el Negro”, pero arrancaban.
Yo tenía varios sobrenombres: el Negro, Poncho Rojo, Poncho Negro, el Tigre, el Puma, y Urquiza.

Todos hablaban de un liderazgo fuerte.

Las asambleas empezaron a adquirir una gran dinámica, que yo iba conociendo. Primera parte: me quiero ir de alta, yo también, y todo el mundo se quería ir de alta. “No jodamos”, les decía yo. A ver, usted se quiere ir de alta, vamos a ver…
Entonces, el alta en gran medida la definían los propios compañeros, que le decían: estas bien, estas mal, te falta un poco.
Después salían temas administrativos que a veces parecen aburridos pero no lo son. Son de una gran importancia para el funcionamiento.
¿Cuál era mi ventaja? Que yo era el director, y si el paciente proponía algo bueno en lo administrativo, yo lo podía implementar desde mi autoridad.
El problema de hospitales grandes, como Borda y Moyano, es que los servicios, siempre con esta tendencia argentina al liderazgo único, dependen del director. En Inglaterra, por ejemplo, Clark disponía de su servicio, y el director lo dejaba hacer lo que quisiera. Acá no, porque los directores viven con el miedo paranoico a que se les subleve la tropa.
Temas administrativos puros: la comida.
Agrupación que come mal, anda mal. Entonces, cuando los pacientes se quejaban de la comida, que venga la cocina y explique.
Ahí me enteré de que a los porotos hay que ponerlos en agua. “Los porotos viene duros, no los pusieron en agua”, se quejaban los pacientes. Bien, los porotos empezaron a venir mejor.
La comida mejoraba continuamente. Y cuando los pacientes decían: “Ayer tuvimos una comida espléndida”. Venga la cocina. Aplausos para la cocina. Porque no solo hay que sancionar, también hay que hacer menciones, premiar.
Problema de las luces. A la noche hay que poner a los enfermeros vagos, los maternales, los fiacas, los tipos que no joroban con la luz, que no están todo el tiempo controlando si están o no los pacientes, porque esos, muy celosos, muy activos, enloquecen.
“Uy, Fulana prende la luz a cada rato”. A cambiar a Fulana, a ponerla a la mañana, y listo. Es decir, uno le va encontrando a cada persona un lugar. Los pacientes son los que nos van guiando en estos movimientos.
La prostitución. Había una chica que aparecía cuando se cobraba el peculio. Era la enemiga acérrima de los homosexuales. Nosotros teníamos, al menos reconocido, un solo homosexual. Resulta que esta chica era alemana, y el muchacho homosexual también, así que ella lo puteaba en alemán, en un dialecto del Volga, y yo le decía: “tradúzcame”. “No, le estoy diciendo que no sea puto, nada más”, me contestaba, y el otro se ponía colorado.
Ese muchacho fue el que me reintrodujo en el andar a caballo, y eso era importante.
La asamblea es muy linda, muy activa, pero no es todo. Yo pienso incluso que una comunidad terapéutica puede funcionar sin asamblea; por ejemplo: las de oligofrénicos, las de dementes, donde no hay capacidad de palabra.
Pero eran años románticos, de ideología, entonces, reinaba el ágora, la Plaza Roja, y eso era lo que estaba bien.
Yo tuve que pensar mucho, porque incluso se quería implantar el modelo de comunidad terapéutica en la sociedad. Venía la bolchevicada y me decía:”Tenés que implantar eso en el pueblo”. Entonces yo tenía que discriminar bien, y me decía: no, esto es un sistema hospitalario, intrahospitalario, lo otro es otra cosa. ¿Qué iba a hacer, sino, ir al intendente y decirle, hagamos una asamblea en la plaza?
Eso hay que tenerlo claro; pero a los ideólogos de Buenos Aires les parecía que debía ser así.
Cuando vino Cooper, en un reducto como este, pequeño, pretendía hacer sentar 300 tipos. Eso era “antipsiquiatría”. Nosotros no éramos antipsiquiatría, éramos “otra psiquiatría”. Yo siempre lo dije. Aquí había otro orden. Sobre la sexualidad, por ejemplo, nosotros no hacíamos camas redondas como hacía Laing en Londres. Las relaciones sexuales estaban prohibidas. Si las había, las había. Pero nosotros controlábamos que no pasara cualquier cosa.
A propósito, sobre este mismo tema, una vez hubo un violador. Les decía a las pacientes “Ves allá, tengo una casita con unos chanchos, ¿vamos a verla?”, y ahí las violaba, amparado por otros dos, esquizofrénicos.
Apareció el tema en una asamblea. Lo querían echar, pero yo un poco me oponía, hasta que un epiléptico me dijo: “Mire doctor, si no se va, un día de estos…”, e hizo el gesto de “lo degollamos”. Cuidado con los epilépticos, nunca mienten, y lo que dicen que van a hacer, lo hacen, así que el violador, expulsado. Lo llevaron a la estación, lo metieron al tren, y al Chaco.
A los tres años, me manda una foto, con su mujer y sus chicos. Se había casado. Agradecía que lo hubiesen echado.
El trabajo. Yo no tuve una terapista ocupacional, pero una mujer muy centrada dijo: “Doctor, no podemos hacer talleres acá”. “No”, le dije, “trabajemos sobre lo que hay”.
Eso se llama técnicamente “rehabilitación laboral”. El paciente va y trabaja, directamente.
Entonces, los pacientes se integraban al grupo jardín, grupo huerta, grupo doma de caballos, grupo crianza de animales, zapatería. Estaban distribuidos en todas las áreas.
Esto obligó a hacer reuniones con cada sector. El personal era el gestor, el que establecía un lazo social, pero también determinaba una identificación, un modelo de identificación, y eso funcionaba bien.
Yo tomaba como unidad de medida no el día, ni la semana, sino el mes. Yo en un mes puedo hacer de todo, sin estar forzado como cuando las cosas se miden en términos de un día o siete días. Así que, como estos talleres eran 38, cada 38 días se hacía una reunión con cada uno, y así funcionaba bien.
Domábamos caballos, no “de arriba”, a la fuerza, sino “de abajo”, acariciándolos.
Ahí me dí cuenta del valor de los epilépticos, que no le tiene miedo al animal loco, porque, aunque parezca mentira, teníamos caballos locos. Yo he visto suicidarse a un caballo, tirándose contra un palenque.
Yo era de andar a caballo. Andaba de botas, bombachas, poncho, alpargatas. Era un criollo más; de modo que cuando yo entraba al hospital, hasta costaba darse cuenta de quién era.
Una vez, llegando al mediodía, voy a la huerta y estaban los dos empleados chacoteando entre ellos, y los pacientes laburando, dirigidos por otro paciente. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba ahí pensaron que los iba a sancionar, pero yo les dije que no, que así tenía que ser, que eso era bueno, porque eso es lo que se llama “delegación del liderazgo”.
Hay que animarse a delegar al paciente; no al personal, porque eso es lo lógico, sino al paciente. Cuando el liderazgo es del paciente eso es mejor, porque es un par; porque siempre hay una división entre el supuesto normal y el supuesto loco.
Por esta cuestión de andar como un paisano más yo podía ver la interacción entre todos.
Por ejemplo, ante una asamblea muy feroz, un anochecer, cuando todos los gatos son pardos, yo paso cerca de un grupo que estaba mateando, y escucho que uno de los pacientes decía: “Estuvo bravo el Negro, cómo le paró el carro”. “Si, decía otro, pero Fulanito le contestó fuerte también…”
Ahí me di cuenta de que estaban haciendo un análisis de la asamblea, pero el de ellos. Lo mismo que hacíamos nosotros, el personal, lo hacían ellos, una evaluación.
Yo decía: puta, pondría micrófonos, cámaras por todos lados para tener registrado, guardado todo esto. Por supuesto, no era posible. Entonces me decía: me pierdo esto, me lo perderé para toda la vida, pero sé que lo hacen.
Por eso, para esto, es fundamental que en una comunidad terapéutica haya tiempos libres. Es importante que haya actividad, trabajo, pero yo he conocido comunidades terapéuticas donde no había tiempo libre para nada. En una comunidad tiene que haber tiempo para ir al baño, para respirar, para hacer la siesta y tomar mate.
En Federal, a la tarde, después de la merienda, los pacientes caminaban; los viejos pacientes caminaban tomados del brazo, como en las plazas; otros tomaban mate; se juntaban de acuerdo a sus preferencias y charlaban.
En esas situaciones uno ve pacientes que no participaban nunca en las asambleas, pero ahí iban, y participaban.
También por eso la rehabilitación funciona.
Otra cuestión de la vida diaria: los muertos. Cuando alguien estaba por morir: llamen al cura. A dar los sacramentos.
El cura venía, daba misa, y hablaba boludeces, también pensando que, total, le estaba hablando a locos. Un día lo llamo y le digo: “Padre, los pacientes se andan quejando de su sermón”. “Bueno”, me dice, “yo trato de hacerles un sermón acorde” “No, déjese de joder”, le digo, “dé un sermón como la gente. La misa tiene tres lecturas, la primera, la segunda, y el evangelio, se coordinan, tienen una unidad de pensamiento; mire eso, diga tres o cuatro frases, y listo, no me venga a decir pavadas.”
Y lo empezó a hacer. Resultado: se llenaba el salón.
Por supuesto había gente de todas las religiones. Había protestantes. Bueno, vamos a buscar al pastor.
Había uno alemán, que había estado en la guerra. Le dije -por separado, porque el cura le tenía miedo al pastor- que, por favor, no hiciera proselitismo.
Cuando el pastor no venía, los evangélicos iban a misa.
Cuando moría alguien, se lo velaba, se ponían las velas, se hacía el cortejo, se rezaba el rosario, venían todos, y, como siempre, se decía: “qué bueno que era”. Por ahí era mentira, pero se decía lo que siempre se dice, en cualquier parte. Después lo enterrábamos, en un predio que nos había dado el cementerio. Íbamos con el colectivo, con el tractor con acoplado, en la camioneta, en todo lo que podíamos. Se llevaba el cajón, y el responso le correspondía al cura. Menos un primero de noviembre que no vino el cura. En los barcos, cuando no hay capellán, el que reza es el comandante. Así que el doctor Camino agarró un misal, y hubo que rezarle a todo, el responso. Pero bueno, eso se respetaba, porque el muerto tiene una significación para los vivos; no puede quedarse sin rezo.
Fiestas patrias. Es decir: participación del paciente en la comunidad.
Por allá suele haber tornados; chiquititos, pero una vez uno se llevó medio pueblo. El intendente me pide el personal, “Si quiere le mando más gente” le digo. Bueno. Le mandamos todos los pacientes. En un día levantaron todo de nuevo, y los pacientes, contentísimos de colaborar con la comunidad.
Allá, en las fechas patrias, desfila el colegio, la policía, la intendencia, entonces, por qué no los pacientes. Desfilaban: colectivo, tractor, y la llamada “caballería”; es decir, los pacientes montados a caballo, con unos banderines. Nosotros ya teníamos bandera propia. Era una bandera verde con dos franjas blancas, esa bandera desfilaba con la bandera argentina.
Esa bandera era también la que se usaba en los partidos de fútbol, donde se implantó una consigna: no “pacientes” contra “normales”; se elegían, se mezclaban, y se hacían dos equipos.
Así jugamos torneos. Nos fue bien y mal, como a cualquiera.
Verano. Mucho calor. Un paciente dijo: “Uh, acá habría que hacer un campamento”. “Y cómo lo hacemos, le digo. “Y qué se yo, doctor, usted es el director”. “¿Le pido a los milicos?” “No, están bajo cargo, no se las van a dar”. Entonces fui al ferrocarril, y me dieron las lonas para tapar vagones. Entonces un paciente dijo: “Hagamos como los gitanos”: dos palos, y una carpa enorme, y listo.
¿Modalidad de los campamentos? Los dirigían los pacientes. El personal iba de vacaciones, a repartir los remedios. Aún así, también los repartían los pacientes.
Los pacientes decidían e implantaban ellos mismos los horarios para levantarse, para las comidas, y el que iba, acataba.
Como ese campamento se hacía a 30 kilómetros de la colonia, no teníamos comunicación directa. Había cerca un puesto de estancia con teléfono, pero un teléfono raro, que no andaba bien. Entonces, para comunicarnos con la colonia, salíamos por la radio uruguaya, que decía: “¡Colonia Federal informa: Campamento, todo bien!”.
Campamentos hicimos hasta el último año, ya con los militares. Cuando el comandante de la zona me llamó y me dijo: “Camino, por favor, no haga más campamentos, porque andamos por el monte, y a algún cabo se le puede escapar un tiro” Y ahí los tuve que suspender.
Esto fue un pantallazo de lo que fue Federal.
Yo trabajaba 16 horas por día. Yo tenía dos cabezas, con un switch. Por un lado, la administración, por otro, los pacientes; personal. Muy difícil es el personal administrativo; siempre están en su torre de marfil, impolutos, no tocados por la locura.
Yo pedía que fueran a las asambleas. Pasaron dos años y nada. Llega marzo, y les digo: “Bueno, señores, el personal administrativo está obligado a saber qué es la psiquiatría; por lo tanto, de ahora en más, todos los miércoles, de siete a nueve, clases de psiquiatría”.
Se tragaron a Henry Ey. Después fueron; no jodieron más. Después vieron que así podían, por ejemplo, pelear un presupuesto, porque allá todo era grupal: los ascensos eran grupales; el presupuesto se discutía un mes, en grupos en lo que cada cual peleaba por lo que quería. Yo tenía una cantidad fija. Nunca faltó nada; tampoco sobró.
Cuando llegó el Proceso, empezaron a sospechar que todo lo que empezaba con “comu” era “comunista”. Y empezaron a sospechar de mí. En realidad, estuvieron a punto de liquidarme. Me salvó un aeronáutico, el director del Moyano, cuando ya estaban los gendarmes, con ametralladoras, listos para llevarme.
No lo hicieron, pero mandaron gente, tradicionalista, que suspendió totalmente el proyecto, y me metieron tres denuncias. La primera no me quedó clara. Fue sobre la moral del doctor Camino y la señora del (????). Después vino la denuncia por montonero. Ahí es cuando me iban a “limpiar”. Y al final me metieron un juicio porque, según la denuncia, yo había robado un arado y dos ruedas de tractor. La verdad, tenía un problemón: no encajan las ruedas de tractor en el arado, no encajan.
¿Y qué pasó en la colonia? Una vez había tenido que ir a buscar unos libros y vinieron a verme, de madrugada, a contarme lo que hacían. Que los pacientes, en secreto, siguieron haciendo reuniones.

-¿A usted lo habían sacado de la dirección y pusieron a otro en su lugar?-

Yo, en realidad, fui previsor. Conociendo esos tiempos, yo me dije:”no, de acá me van a mover; tengo que anticiparme”. Entonces viajé a Buenos Aires y fui a ver al que estaba a cargo, un tipo de ejército, bien milico, y le dije: “Mire, doctor, yo quisiera ya cambiar el comando”.
“¿Porqué?”, pregunta.
“Porque todo comando prolongado, degenera la acción”.
“Muy bien, doctor”, me dice, “muy bien”
Claro, eso estaba en los manuales… Después, tuve en cuenta otra cosa: si uno, en la marina, pide ir a Salta, lo mandan a Ushuaia. Así que cuando me preguntaron a dónde quería ir, les dije: “Mándenme al Borda”, que era precisamente donde no quería ir, porque en el Borda había un marino muy jodido. Resultado: que me mandaron al Moyano. En la colonia se armó un yuyal, decayó el mantenimiento, y de nuevo empezaron a andar los locos sueltos por ahí.
En aquella ocasión, un general, Olivera Delarovere, me manda a llamar al Círculo Militar. Yo, bien trajeadito, fui, preguntándome que querría.
Olivera Delarovere tenía un hermano que tenía un hijo en la colonia, y me insta: “Doctor, usted tiene que volver allá” Pero yo la lo tenía decidido. Además, sentía que había cumplido un ciclo, y además, me quería analizar.
Yo había ido sin análisis; probablemente por eso hice aquello. Después tuve un analista que me criticaba el haber hecho Federal. Pero que me dejara de joder, lo único bueno que había hecho en mi vida me lo venía a criticar.
Bueno, la cuestión es que me instaron a volver, pero yo dije que no, y aquello se vino abajo.
Cuando vino el alfonsinismo, al cual le voy a hacer una crítica feroz, teniendo la oportunidad de retomar la experiencia, se quedan en la experiencia uno a uno, en lo individual, porque el director de salud mental era alguien de la APA: Galli. Ellos sabían del caudal terapéutico que había allá, pero no lo aprovecharon. Todos sabemos lo difícil que es cambiar una cultura, y en esto tiene mucho que ver, lamentablemente, el psicoanálisis. Ignorando que en las comunidades terapéuticas se crea lazo social, se crean suplencias; débiles, pero suplencias; mal anudadas, pero suplencias. Si el sistema funciona, podemos avanzar un poquito. Mucho, puede que no se consiga, pero algo si. Hay locos que no podrán volver nunca a su casa, pero lo que se pueda avanzar, hay que hacerlo.

-¿Cuanto tiempo estaban los pacientes en la colonia?-

Nosotros tuvimos una estadística de 85% de altas. Con crónicos, 85% de altas. Más que el Borda, que contaba con Consultorios Externos.
En una ocasión, una autoridad me dice: “Vos das poco Halopidol”. “Si”, le digo, “porque no hace falta”; “Tenés que dar más”; “¿Por qué?”, le digo; “Porque hay que dar más”; “No”, le digo, “no hace falta, porque con estos sistemas se necesita menos medicación”.
(COMENTARIO: Sería realmente para una investigación, esta cuestión de las cantidades de medicación necesarias en los dispositivos grupales).
Así es. Y otro me dijo: “Vos les das a todos igual”; “Si”, le digo, “cuando hay Halopidol, doy Halopidol; cuando se acaba, doy la que tengo”; “¿Y porqué?”; “Mirá, cuando tengo munición Halopidol, la gasto, y paso a munición Stelazine, y la gasto. Porque si empiezo a diversificar, cuando se me termina una medicación y no me la mandan, empiezo a tener problemas”.
Además, los pacientes regulaban su propia medicación. Yo los consultaba a ellos mismos sobre la cantidad que sentían que necesitaban, porque eso también era cogestión.
Cuando a mí me prohibieron hacer “asambleas”, qué hice: nunca más las llamé “asambleas”; les puse “reunión de pacientes”. Yo no soy tan nominalista. El nombre no es fundamental.
Además me preguntaban: “¿Porqué hace reuniones, Camino?”
“Porque estoy solo”, y listo.
Cuando había problemas y me mandaban a llamar, yo les ponía, en términos navales: “meteoro desfavorable, imposible viajar”; o sea, malas condiciones climáticas. Alguno me decía, “Pero doctor, hay un solazo bárbaro, quién le va a creer” Era cierto, pero quién carajo se iba a ir a fijar. Y listo, no viajaba.
Un detalle sobre la cuestión con el tiempo: en el año 89 yo vuelvo, y me encuentro con un paciente que estaba en una caseta. “Hola, Fulano, ¿cómo le va?”. “Ah, Doctor, hace un tiempito que se fue usted”. Claro, era un paciente esquizofrénico. Para él, yo me había ido hacía un ratito.

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 Posted by at 5:55 PM
Sep 162008
 
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Con diferentes nombres, el concepto de Rehabilitación es tan antiguo como el de la psiquiatría. Casi puede decirse que el mismo va implícitamente incorporado a ella como un aspecto más del ámbito terapéutico, con las ventajas y desventajas que esto significa.
Beneficio porque es tenido en cuenta como una etapa necesaria en la terapéutica del paciente. Perjudicial porque queda subordinado al orden puramente médico o psicológico, o, tal vez, psicoanalítico. En general bajo la dependencia de las concepciones imperantes en el momento. Igualmente esto es válido para el caso en que esta modalidad terapéutica quede en manos de los especialistas en la materia.
Creo que lo mejor es intentar una definición de Rehabilitación, y para ello nada mejor que la sugerida por la OIT: Rehabilitación es la adquisición de habilidades nuevas, o la recuperación de las que se han perdido. Estas habilidades se refieren a un sucesivo avance, desde lo mas simple a lo mas complejo. O sea, desde las actividades comunes de la vida diaria hasta llegar progresivamente a la etapa más avanzada del trabajo protegido. Ciertamente que todo este proceso depende de las posibilidades del paciente, de la credibilidad que los terapeutas tengan en el mismo y de la confiabilidad en que este procedimiento terapéutico sea de utilidad para el enfermo, cuando se aplique correctamente.
En esta breve y reducida exposición se encuentran condensadas una serie de dificultades de orden conceptual y técnico que hacen que este campo de la práctica en salud mental permanezca aun tan disperso y diluido entre tantos profesionales y prácticas del mas diverso ****culo.
En general se han aplicado técnicas bastante diversificadas en los Retardos Mentales, dejándose de lado, o prestándose menos atención, a todo lo referente a las Enfermedades Mentales, agudas o crónicas. Conviene destacar que en este caso la Deficiencia Mental no se considera una enfermedad mental, sino tan solo un trastorno del desarrollo intelectual, que puede o no producir cuadros de patología emocional y psiquiátrica. Este criterio, bastante aceptado en los países de habla sajona, permite implementar programas para el Retardo Mental sin depender del psiquiatra, puesto que se lo considera una alteración del tipo de las carencias, similar a la falta de un miembro, y su terapéutica correspondería al fisiatra, en este caso, y a los especialistas en la materia – rehabilitadores – en el campo del Retardo Mental.
Por otra parte, la experiencia enseña y demuestra los significativos progresos que se obtienen con las medidas de Rehabilitación en los Retardados Mentales; ya que en los mismos se confía en el despliegue de las potencialidades aun no desarrolladas en este tipo de personas.
Algo muy diferente ocurre con respecto al paciente mental, ya que, por la concepción ideológica de la enfermedad mental o por la práctica continua en hospitales y servicios de tipo custodial, no se observan, fácilmente, progresos en la evolución psiquiátrica del enfermo; englobando dentro de esta evolución a la totalidad del paciente.
La psiquiatría clásica viene a coincidir con algunas concepciones dinámicas y psicoanalíticas actuales, al considerar al enfermo psicótico como imposibilitado de volver a la “normalidad”, resultando difícil, sino imposible desde esta óptica, la posibilidad de que un psicótico pueda tener algún tipo de Rehabilitación efectiva. Porque en su evolución ya quedaría siempre dentro de los procesos restitutivos que lo habrían alejado de la posibilidad de volver al universo de los “normales”, o, en el mejor de los casos, al mundo de los neuróticos.
Desde el punto de vista psicopatológico esto, tal vez, pudiera aceptarse o no, y su discusión seria interminable e inútil con respecto al campo de la Rehabilitación. Con todo, conviene advertir que la clínica no demuestra que siempre el psicótico quede irrecuperable para el establecimiento de sólidos y aceptables vínculos, personales y sociales.
A mi juicio conviene hacer una diferenciación, artificial por cierto, que ayude a establecer algunos parámetros y criterios que permitan desprenderse del empatanamiento que la discusión, puramente psicopatológica, plantea. Estos criterios tendrían que ver con los siguientes aspectos:

a) La evolución de la enfermedad en cuanto a su cura o mejoría. Es decir, con la reducción sintomática para la psiquiatría. En algunos casos con la resolución del conflicto, de acuerdo a concepciones más dinámicas, y, en general, con la concepción de la CURA que cada teoría psicopatológica sustente. A este criterio se lo podría denominar RESTITUCION 0 RECUPERACIÓN DE LA SALUD.

b) Un segundo aspecto tendría que ver con la RESOCIALIZACION del paciente. Entendiéndose por tal a la posibilidad de rehacer los vínculos emocionales con las personas de sus alrededores, es decir, la mejora en su vida de relaciones. Esto implica un restablecimiento de sus recursos para moverse con mayor agilidad emocional en el mundo social circundante.

c) El tercer punto es el relacionado con la REHABILITACION propiamente dicha. Es decir, el proceso de la recuperación de las capacidades perdidas y/o la adquisición de nuevas habilidades, al cual ya nos habíamos referido al definir la Rehabilitación.

Tomando estos tres criterios puede darse el caso de enfermos que recuperen la “salud” por la desaparición de los síntomas productivos de la psicosis, pero que continúen aun con serias dificultades para la revinculación con sus compañeros, e igualmente queden incapacitados para desarrollar algún tipo de actividad transformadora de su mundo circundante. Tal el caso del trabajo productivo o creativo, lo cual constituye la esencia y el objetivo final de la Rehabilitación. Asimismo algunos pacientes suelen permanecer con sus síntomas durante mucho tiempo y tal vez durante toda la vida, logrando, con todo, ciertas vinculaciones sociales medianamente aceptables, y pudiendo, además, desempeñarse efectivamente en algún tipo de actividad productiva. Es este el caso típico de los pacientes crónicos que no recuperan su “salud” pero quedan capacitados para desempeñarse, con mayor o menor eficiencia, en los trabajos del hospital.
Reconozco que esta trilogía es artificial y que los tres aspectos están íntimamente ligados, pero, para visualizar la posibilidad de la Rehabilitación más allá o más acá de la psicopatología, sirve como un parámetro que nos permite advertir que pacientes aun no curados, en el sentido estrictamente medico, pueden desarrollar actividades de Rehabilitación. Creo que de esta manera el campo de la Rehabilitación no queda sujeto total y unilateralmente al de la psicopatología, y puede ser abordado con cierta independencia de ella, pudiéndose aplicar a todo tipo de paciente, por más crónico que parezca.
Lo que si creo es que, aplicándose adecuadamente, las mismas medidas de Rehabilitación desde el “afuera” tocarían aspectos estructurales o coyunturales -no lo sé muy bien- del “adentro” del enfermo, contribuyendo, de esta manera, a provocar cambios en la evolución psicopatológica que no se hubieran logrado con la sola aplicación de medidas terapéuticas, del tipo medicamentoso o psicoterapéutico.
Pero esto no tiene porque necesariamente ser así. En muchos pacientes los síntomas permanecen inmodificables y la pregunta que cabe inmediatamente es la siguiente: ¿con estos enfermos no se puede intentar ningún tipo de Rehabilitación? Por mi experiencia puedo afirmar que todo paciente esta en condiciones de desarrollar algún tipo de Rehabilitación, que será beneficiosa para él y su medio. Porque la Rehabilitación, además de servir para el mismo paciente como un método específico de terapia, también constituye un eslabón importante para la reincersión en la comunidad donde se encuentra; intentándose lograr, por lo tanto, un reconocimiento de los otros hacia su participación, con el objeto de hacerlo sentir útil para si mismo y para los demás, con la consiguiente gratificación que esto significa para cualquier discapacitado.
Ciertamente este criterio vale también para aquellos enfermos que, aun siendo crónicos e “irrecuperables” para la sicopatología, llegan a estar aceptablemente compensados. Es decir, que no tienen síntomas graves que les impidan alguna vida social y puedan, así, convivir con sus familias o en instituciones no hospitalarias que sirvan de medio de contención social. Me refiero a los pacientes ambulatorios que, por la resolución parcial de su sicopatología, pueden desempeñarse con bastante adaptabilidad en el medio extra hospitalario.
Tal vez son más claros los dispositivos que se pueden tomar con respecto a la rehabilitación del enfermo físico, pues, conocido el órgano afectado, se pueden establecer las medidas necesarias para el restablecimiento de la función de ese órgano, o la aplicación de una prótesis. Vaya el caso de los pacientes con trastornos del corazón, problemas de los miembros superiores o inferiores u otro cualquier órgano físico.
En lo que respecta a los pacientes con Retardo mental, también las medidas de la Rehabilitación son mas precisas, pues se trata de restablecer o incrementar todo aquello que se relacione con la actividad intelectual, y, de acuerdo al CI o cualquier otro índice que se emplee, se pueden elaborar programas de actividades para que el “deficiente en el intelecto” pueda, progresivamente, ir desarrollando y superando los diversos niveles, con el caudal de sus concretas posibilidades y de acuerdo a pautas bastantes precisas.
Una situación diferente se produce en el campo de la Rehabilitación de las enfermedades mentales, considerándose como tales a las psicosis funcionales u orgánicas, que producen una alteración “general” y “total”, o, “parcial” y “transitoria” del funcionalismo psicológico. Aquí nuevamente caemos bajo la férula de la psicopatología; y no puede ser de otra manera, pues, la misma es la única que puede dar una base científica en la explicación y comprensión -si es que esto es posible- de la enfermedad mental en cuanto a su producción, evolución y pronóstico. Pero, a mi juicio, conviene tomarla solamente como un elemento auxiliar y complementario de la Rehabilitación, ya que, sí bien aun no se sabe con exactitud la etiología de las enfermedades mentales, se conoce con bastante certeza, surgida del pragmatismo, la efectividad de la aplicación de ciertas medidas en lo relativo a la actividad del enfermo mental, que producen mejoras en el cuadro psicopatológico del paciente. El vínculo entre psicopatología y Rehabilitación es estrecho, aunque aun no se conozcan muy claramente los aspectos exactos y puntuales sobre los mecanismos en el psiquismo de los enfermos y de las acciones y medidas de la Rehabilitación que contribuyen a la mejoría y restablecimiento de la salud mental.
Este problema ha llevado a un divorcio entre la concepción psicopatológica y la ideología en la Rehabilitación, cayéndose en la dicotomía de establecer una psicopatología que desconoce las posibilidades de la Rehabilitación, y una Rehabilitación que se efectúa de manera puramente pragmática, sin solicitar la iluminación de la primera. ¿En cuantos hospitales o servicios de psicopatología existe un estrecho contacto entre los profesionales asistenciales y los de Rehabilitación? ¿Existe realmente un trabajo en equipo? ¿Se ha concebido y logrado una integración inter-equipos entre las instituciones?
Hasta ahora mi experiencia y conocimiento me van indicando que el enfermo es derivado al servicio de Rehabilitación por parte de la sala o sector asistencias sin establecerse posteriormente ninguna comunicación o coordinación entre uno y otro, pues el sector de psicopatología confía únicamente en sus acciones terapéuticas, sin tomar en cuenta que el servicio de Rehabilitación también efectúa una serie de medidas y acciones que, desde otra vertiente, también resultan de alta eficacia en el tratamiento.
¿Acaso se toma en cuenta el resultado que se produce en la evolución psicopatalógica del paciente quien, durante el periodo en que efectúa su pasaje por el servicio de Rehabilitación, se desempeña con una eficacia y rendimiento solamente evaluables por índices que nada tienen que ver con las mediciones de la clínica? Pienso que esa evaluación se realiza a medias, pues, en la mayoría, sino en todos los casos, los servicios asistenciales prestigian mas las prácticas de la psicoterapia o de la psicofarmacología, dejando en segundo plano todo aquello vinculado a la actividad recreativa y/o laboral que se desarrolla en los sectores de Rehabilitación.
Por otra parte, estos sectores de Rehabilitación suelen preferir encapsularse en su propia práctica de puro corte pragmática; considerando los resultados favorables de la evolución como logros puros de la actividad del paciente, quedándose con la explicación que el propio servicio de psicopatología provee, sin entrar al campo teórico desde la actividad misma, que, en muchos aspectos, poco tiene que ver con la concepción clínica, ya que para poder efectuar ciertas explicaciones, hipótesis y teorías, debería recurrir a la ayuda de la Sociología, la Psicología laboral, la Psicología organizacional, la Teoría de las decisiones y de la actividad, que están lejos de la clínica, la cual resulta insuficiente para dar cuenta de todos los hechos sucedidos en el paciente.
Esta dicotomía o esquizo-actividad lleva a pensar que lo propio es de “primera” y lo de los otros de “segunda”. El perjuicio para el paciente es evidente. Si al sector asistencias, por cualquier causa, se le ocurre interrumpir el permiso para la concurrencia al servicio de Rehabilitación, sin consultar e informar al mismo; la resultante será que el paciente se queda sin la continuidad en la actividad terapéutica que estaba desarrollando.
La revisión sobre estos aspectos se impone en todos los hospitales psiquiátricos pero más aún en las instituciones programadoras de la salud mental; sobre todo en los organismos estatales, encargados de la respectiva planificación e implementación de la Asistencia y la Rehabilitación; tanto en el orden estatal como en el privado. Y si bien en la actualidad los organismos específicos en el orden nacional están efectuando un progresivo ordenamiento en la materia, es tal aun la dispersión de medidas existentes que, en muchos casos, las disposiciones legales tales como la ley del discapacitado; así como reglamentaciones institucionales particulares, son desconocidas entre si, lo cual hace muy difícil cualquier ordenamiento, llegando en muchos casos a impedir una racional coordinación programática en esta, ya de por si, compleja materia.
Una sugerencia que propongo es la de efectuar la creación de un Instituto Nacional de Rehabilitación, con dos grandes sectores:
a) Área de Rehabilitación de pacientes físicos y b) Área de Rehabilitación de discapacitados mentales. Estas, a su vez, subdividas en dos grandes sub-áreas: l) La de Rehabilitación en Retardo Mental y 2) La de Rehabilitación de pacientes mentales; la cual tendría estrecha vinculación con los respectivos organismos de salud en lo físico y lo mental. Este posible Consejo Nacional de Rehabilitación estaría integrado por los especialistas en la materia, entre ellos los profesionales de Salud Mental especializados en este campo. Cabe destacar que no necesariamente el psicólogo o el medico son los mas indicados; pues, a mi criterio, el profesional especifico en esta practica es el TERAPEUTA OCUPACIONAL, quien es el que esta realmente capacitado para elaborar y llevar a cabo los programas específicos, estableciendo los correspondientes canales de comunicación y coordinación entre los organismos asistenciales, y de Rehabilitación, debiendo, tal vez, sub-especializarse en el campo de la administración de la RH, similar al que efectúan los profesionales asistenciales en la administración sanitaria.
Brevemente podríamos mencionar las diversas etapas de la Rehabilitación, por las cuales el paciente mental transitaría en un proceso ideal de evolución; partiendo desde la AVD (Actividades de la Vida Diaria) hasta llegar al Trabajo Protegido; habiendo pasado primeramente por el taller de Terapia Ocupacional; prosiguiendo luego en la Rehabilitación pre-laboral; la Rehabilitación laboral; Taller protegido intra y extra-hospitalario; hasta su finalización en el Trabajo Protegido.
Igualmente deberán establecerse programas de Rehabilitación en las actividades de Prevención Primaria, así como en lo referente a la Atención Primaria –Prioritaria-, y a las etapas posteriores al alta. En este ultimo caso dada la característica especial del paciente mental, quien, al no lograr una “restitutio ad integrum”, queda con algún resto de enfermedad, denominado defecto o deterioro. Por esta causa le resulta difícil re-incorporarse al ciclo social de la Prevención Primaria. Así es que vengo a proponer la denominación de PREVENCION CUATERNARIA a las acciones específicas efectuadas en el período posterior al de la Prevención terciaria.
La ubicación de la Rehabilitación en los programas y procesos de la Salud Publica merece, a mi juicio, una profunda y continua re-evaluación, debido a la complejidad de los mismos, al estar imbricados con otras áreas que no corresponden específicamente al campo de la Salud.
La Rehabilitación se concibe como un proceso total, que abarca diversas etapas de acuerdo a la discapacidad del sujeto hacia quien van dirigidas acciones especificas, para lograr una detención en la progresión de las secuelas, y una pronta reincersión social y familiar. Ciertamente no será necesario abarcarlas todas, ni tampoco empezar necesariamente por la primera.
Para hacer esta exposición lo mas clara posible vamos a considerar un paciente ideal que requiera, desde el comienzo, los primeros niveles hasta llegar, en su proceso evolutivo, hasta las ultimas etapas.
Las etapas pueden dividirse en intra-hospitalarias, extra-hospitalarias, intra-institucionales de Salud y extra institucionales de Salud.
Pueden incluirse como etapas intra-hospitalarias a todas aquellas que se llevan a cabo estando el paciente internado en un hospital o servicio de salud mental. Las mismas son las ya referidas anteriormente:
Actividades de la vida diaria (AVD):
· Taller de To
· Recreación y Deportes
· Rehabilitación Pre-profesional
· Rehabilitación Profesional en los servicios del hospital (la tan criticada laborterapia).
· Taller protegido Intra hospitalario
· Taller Protegido extra-hospitalario
· Trabajo Protegido
· Sistema social protector de la recuperación lograda: hospitales, pensiones para ex-pacientes con riesgos de recaídas.
Conviene destacar que los cuatro últimos pueden ser efectuados por los mismos pacientes ambulatorios y por los internados en vías de obtener su alta. Entre los programas a implementar se destacan los siguientes:

1. ACTIVIDADES EXTRA HOSPITALRIAS
2. TALLER PROTEGIDO EXTRA HOSPITALARIO.
3. TRABAJO PROTEGIDO.
4. ACTIVIDADES EXTRAINSTITUCIONALES
5. REGIMEN DE TRABAJO PROTEGIDO EN LA INDUSTRIA DE PRODUCCION IDEM EN EL ARTE Y OTROS CAMPOS.

Por ultimo podría establecer la siguiente vinculación entre la psicopatología y la Rehabilitación. Entre una y otra existe una relación inversa a medida que se avanza en los niveles de Rehabilitación; ya que siempre que un paciente puede establecer una acción transformadora en el mundo que lo rodea mediante actividades productivas o creativas, se debe a una mejora, aunque sea parcial, de su mundo interno y es aquí donde los campos de la psicopatología y de la Rehabilitación se interrelacionan para establecer una adecuada evaluación del paciente. Este re-encuentro entre las dos prácticas resulta, de esta manera, mutuamente enriquecedor; no siendo necesario el establecimiento de perjudiciales subordinaciones e ignorancias, que en nada favorecen al conocimiento de la ciencia y a la aplicación en la práctica, sobre todo en este campo donde lo que mas importa es la dignidad de la persona mentalmente enferma.

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 Posted by at 5:48 PM
Sep 162008
 
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Actualmente yo trabajo en el Hospital Alvear, y, anteriormente, he trabajado en una experiencia de comunidad terapéutica con psicóticos, con mucho tiempo de internación, en la provincia de Entre Ríos, en la ciudad Federal. Lo que voy a exponer va a ser referido a la experiencia personal. Posiblemente haga alguna consideración teórica. Lo que más me llamó la atención es el título de esta exposición: “La crisis, el cambio en áreas de aplicación”.
Cuando yo estuve en el Hospital Borda haciendo la residencia psiquiátrica, me parecía que todo lo que, en la cuestión terapéutica de lo psicótico, se hacía, no era completo, algo faltaba. Y, para mí, en ese momento se planteó una cuestión de crisis, porque esa psiquiatría con psicóticos, puramente medicamentosa y con una que otra referencia psicoanalítica dinámica, me parecía incompleta. Porque durante las 24hs del día, el paciente no estaba con el médico, sino que estaba con otras personas, fundamentalmente los enfermeros o el personal de mantenimiento, o entre ellos mismos.
Cuando volví de la Antártida tuve la oportunidad de que me enviaran a la provincia de Entre Ríos a fundar una colonia. Digo fundar una colonia porque era un cuartel que fue donado por los militares, con los fines de hacer un hospital psiquiátrico. La idea imperante en aquel momento era hacer un hospital psiquiátrico depósito; que los pacientes estuvieran igual que en otras partes, nada más que había que derivar camas de capital a provincia. A todo esto, yo ya había leído algunos trabajos de comunidades terapéuticas, y se estaba haciendo una experiencia, en comunidad terapéutica en el hospital Roballos de Paraná, posiblemente la primera experiencia de ese tipo; y, tomando un poco los modelos de ellos, comencé la experiencia en Federal.
Quiero rendir un homenaje a la memoria de Pichón Riviere, a quien yo no conocía en ese momento más que de nombre. Yo llegué a conocerlo después. Este homenaje es para mí muy sentido, porque pienso que Pichón ha sido el pionero en estas cosas. Yo lo leí mucho después. Un pionero no reconocido, incluso expulsado, porque comprometía todo el orden que en aquel momento imperaba en la psiquiatría.
La experiencia nuestra, para situarnos un poco en el campo de la psicología o psiquiatría social, fue intramural, que es lo que nosotros llamamos comunidad terapéutica. No tuvimos la oportunidad de hacer una experiencia extramural de psiquiatría comunitaria, porque no teníamos medios y no se conocía tanto. Se intentó en otros lugares de Argentina hacer experiencias extramurales, no con muy buenos resultados.
En la actualidad la única experiencia que funciona bien, intramural y extramural, es la de Misiones, con el doctor Hernán. Es la única que ha quedado. Porque pareciera que de una u otra manera, trabajar en estas cosas es comprometer casi el orden social existente, entonces, ese mismo orden social es como si se encargara de expulsar a todo este cuerpo extraño que compromete el equilibrio existente. Los principios que yo seguí, fundamentalmente para trabajar con la comunidad terapéutica, fueron los de Maxwell Jones, pero adaptados a la realidad que se me presentaba en aquel momento. Realidad que consistía en lo siguiente: el espacio era un cuartel que no estaba habilitado para hospital, y había que reformar algunas cosas, pero no todas porque los presupuestos eran insuficientes. Eso en cuanto a la parte edilicia. Además, teníamos problemas graves de falta de personal. A mí me prometieron residentes, psicólogos, médicos; y cuando llegué allá, ni los residentes, ni los psicólogos, ni los sociólogos llegaron, porque tampoco daba el presupuesto. De manera tal que yo me encontré con personal que no tenía ninguna experiencia en trabajo hospitalario, personal que no conocía a los enfermos mentales y toda una problemática con el pueblo, un pueblo chico, de 8000 habitantes, por el temor que les provocaba la llegada de los locos.
Entiendo que, en esta situación, uno debe acudir a cierta inventiva y a cierta iniciativa personal, o irse. Pero a mí me interesaba trabajar de esta manera comunitaria, porque lo que yo había visto en aquel tiempo en los hospitales psiquiátricos, ya en Córdoba y también en Buenos Aires, me parecía muy negativo y eso no era muy positivo para los pacientes, que por eso permanecían tanto tiempo en los hospitales. Entonces sí, acudí a la inventiva, y lo primero que hice fue formar el personal. Con una gran ventaja: el personal aquel no estaba de ninguna manera equipado con teorías, doctrinas, o prejuicios acerca de nada; ellos aceptaban lo que se dijera, y, además, confiaban en que el que lo decía tenía capacidad e idoneidad. El trabajo de capacitación del personal fue constante, no fue una cosa de: “Bueno, hacemos un cursito y luego terminamos”. Sino que periódicamente, y yo diría siempre, constantemente, se efectuaba la formación. La capacitación del personal era muy importante para trabajar de la manera que en aquel momento yo pensaba, que era usar todo el recurso humano, teóricamente sano, que era el personal, para el tratamiento de los pacientes. Esto motivó una gran discusión en la provincia de Entre Ríos con los profesionales de Paraná, quienes decían que solamente los universitarios estaban capacitados para tratar enfermos mentales. Y yo pensaba que todo el mundo estaba capacitado para tratar enfermos mentales, siempre que tuviera una idea o incluso un sentimiento de humanidad.
La formación primera del personal, el inicio, duró no más de tres meses; luego se hizo con los pacientes y con el personal. Nosotros organizamos una estructura social comunitaria, en la cual se insistió mucho en la igualdad. Esto sonaba muy raro allá, porque los locos eran los locos y los normales eran los normales.
Costaba mucho hacerle entender al personal administrativo y al personal de mantenimiento que ellos podían ayudar. En el fondo, había un miedo a la locura propia, que también la tenía yo entonces. No obstante, a través de la estructuración de un sistema, la gente fue entrando.
Yo puedo decir que los enfermeros y los peones y todo lo que era mantenimiento fueron los que tuvieron mayor participación en el proceso comunitario. No así el personal burocrático que es el personal administrativo, de alguna manera representante de lo de afuera; ellos se manejaban más bien con los papeles, las notas, los presupuestos, todo había que informarse por escrito, firmarse, etc. Eso realmente demoraba mucho resolver una situación. Los niveles de comando -porque también tiene que haber orden en estos lugares- eran tres, yo tenía tres y no más. ¿Cómo implantamos nosotros este sistema? Yo no anduve con muchas dudas; con la primera tanda de pacientes que llegó del Borda, al día siguiente de haber llegado, se hizo una asamblea comunitaria, que era la primera asamblea que iba a hacer en mi vida; eran 150 enfermos, más todo el personal en ese momento, aproximadamente 100. Esta primera asamblea es para mí muy recordada porque fue un intercambio de delirio. Unos veían platos voladores, otros sentían voces y yo pensaba: ”¿qué va a pasar?”. Y continuamos instrumentando las asambleas -y les voy a insistir mucho en esto, porque para mí la asamblea comunitaria es algo así como el encuentro en tiempo y espacio de todos los miembros de la institución-. Y en ese encuentro, en ese mismo tiempo y en ese mismo espacio, es donde se traen todas las cosas vividas en la comunidad. Todo lo que ha ocurrido, todo lo que ha sucedido, empieza a aparecer. Y no siempre aparece lo que uno quiere, sino que aparece lo que ocurre. De ahí que las asambleas, en nuestra colonia, fueron muy numerosas siempre, porque yo era el único psiquiatra. Había un clínico, un odontólogo y un bioquímico, pero ellos participaban menos, porque no creían en esto y lo decían abiertamente, y tampoco uno los puede obligar a creer lo que no ven. No obstante, el clínico, a posteriori, fue entrando en la variante.
Las asambleas comunitarias nuestras, se realizaban tres veces por semana, en un gran salón. Moffatt ha presenciado alguna de ellas. Participaba la mayoría del personal; no digo todo porque hay personal que debe quedar para las funciones básicas. Como por ejemplo los cocineros, el portero y los administrativos, a los que se les ordenó que uno, por lo menos, uno por vez, fuera. Costó mucho que ellos entendieran esto. La mecánica de una asamblea era libre, cualquier persona podía hablar, podían hablar todos al mismo tiempo, podían murmurar, podían gritar, hasta en algún momento podían suscitarse ciertos actos de violencia, que fueron controlados; sobre todo con ciertos pacientes epilépticos que estaban medicados. Las asambleas eran abiertas, podía ir cualquier persona, podían ir visitas, podían ir personas del pueblo, familiares, y cualquier otro miembro del personal que en un momento dado tuviera funciones y quisiera asistir. Las asambleas duraban aproximadamente 2hs o más. Los lunes, miércoles y viernes, ya se sabía que la mañana, después del desayuno, estaba destinada a la asamblea. Toda la vida hospitalaria circulaba alrededor de la asamblea de la mañana. El turno de la tarde se me quejó en alguna oportunidad y yo extendí la asamblea de los miércoles a la tarde, que tenía otra dinámica. Y alguna vez hice una asamblea en la noche, muy interesante, pero me cansaba mucho, así que volví al sistema anterior, de hacerla durante la mañana. En las asambleas, los pacientes fueron formando lo que Maxwell Jones llama: la cultura terapéutica. Digo en la asamblea, porque ahí se manifestaba, pero, en realidad, la cultura terapéutica se empezó a formar en la vida diaria de la comunidad.
Aparte de la asamblea, que era una especie de actividad casi obligatoria, no obligatoria totalmente -había pacientes que no querían ir y no iban- había otro tipo de actividad. Nosotros le dimos mucho énfasis a la rehabilitación laboral. Los pacientes participaban en todos los sistemas del hospital: cocina, con los caballos, esto era una colonia de tipo rural, en la huerta, en los jardines, en la portería y hasta en algún momento en la administración. Es decir que todo eso que el paciente vivía, era traído a la asamblea, lo cual puede ser peligroso -los psiquiatras clásicos que nos visitaban, decían que era peligroso- a raíz de las confrontaciones que se sucedían entre el personal y los pacientes. Confrontaciones en las cuales eran iguales tanto el personal como los pacientes. En la confrontación podía haber una acusación, una queja o un pedido de aplauso, o de que lo ascendieran a fulano porque era buen empleado. Como ocurrió con el caso de un empleado que le salvó la vida a un paciente, y en una asamblea, pidieron que lo ascendieran y quedó que iba a ser ascendido, cuando hubiera una oportunidad, y así fue.
En las asambleas también se discutían todas las cuestiones administrativas, la comida, las salas. Esto a mí me cansaba un poco. En algunas asambleas comunitarias que he visto en otras partes, solamente se permitía la manifestación de este tipo de cosas y no se podían manifestar cuestiones personales. Yo he escuchado decir: “eso será hablado con el terapeuta”. Personalmente, yo difiero totalmente. Yo entiendo que en las asambleas hay que hablar de todo, pero cuando empezamos con el pico, es muy probable que vaya a salir algún noviazgo, o vaya a salir alguna pelea, igual prostitución o violación, porque había de todo.
Era una comunidad no cerrada, porque de por sí ya hemos tenido un violador, que lo echó la comunidad. Yo no lo quería echar, pero lo echaron. En las asambleas aparecían también, no sólo cuestiones internas del hospital, sino cuestiones externas. Los pacientes tenían la posibilidad de salir al pueblo, efectuar compras, emborracharse, tener novia, ir a las bailantas y, con todo lo que eso provoca en el pueblo y en la comunidad, el pueblo entendió pronto que eso era beneficioso, y también vio que para ellos mismos era beneficioso, porque cuando íbamos de visita allí les entraba gran cantidad de dinero con lo que gastaban los pacientes. No obstante, nunca se nos escapó ningún paciente, nunca tuvimos problemas, por ejemplo, de pacientes que robaran a las personas del pueblo.
En las asambleas surgió un tema que surge siempre en los hospitales que son heterosexuales como el nuestro, casi con la misma cantidad de mujeres que de hombres, que es el problema de las parejas. Y que a mí me empezó a preocupar, porque yo decía: “Bueno, ¿y ahora?, y ahora me las tengo que aguantar”. Porque en la comunidad todos ponemos el cuerpo, es la participación de todos. Hay una diferencia, por ejemplo, con el psicodrama. Se armó una pelotera una vez en un Congreso, porque decían que el psicodrama se parece un poco a las asambleas. Pero el coordinador de psicodrama no se compromete, está afuera, en tanto que, en las comunidades, el director, el médico o el que conduce la comunidad, se compromete, es discutido y es confrontado, y hay que aceptar que, a veces, o la mayoría de las veces, el grupo tiene razón. Con el tema de las parejas, yo pensaba encontrar una solución, porque yo me fui con el modelo médico, yo era médico, yo mandaba, yo era el director. Implementé un sistema, que me empezó a mover todas esas estructuras. Cuando yo todavía estaba pensando cómo resolverlo, ya la comunidad había empezado a resolverlo. La asamblea iba adquiriendo el poder resolutivo, terapéutico y, algunas veces, antiterapéutico.
Les voy a dar un ejemplo: las parejas tenían que presentarse a la comunidad y la comunidad opinaba si les iba a hacer bien, si les iba a hacer mal, si convenía o no; y hemos tenido casamientos, algunos con éxito, otros con divorcio, nada diferente a lo que pasa afuera. Había también noviazgos y había chicos, hemos tenido ocho chicos, pero ningún aborto, pues yo estaba en contra de eso, y en contra de las pastillas también, porque entendía que el ejercicio de la sexualidad es una cosa adulta, de la que cada cual se hace responsable. Al fin y al cabo, la comunidad entendió que si dábamos la pastillita…; hay un riesgo en las comunidades y es el riesgo que hay que correr. Riesgo que vale la pena correr por otra parte.
En las asambleas se permitía la manifestación de todo lo que le ocurría al paciente, sobre todo la patología; los delirantes; los parafrénicos o los paranoicos; algunos esquizofrénicos, ellos podían hablar libremente sus delirios. Yo, francamente, poco entendía los delirios, entiendo la parte teórica, y que eso es una manifestación de su personalidad, de un conflicto muy temprano. Cuando el delirante estaba hablando, ¿quién entendía a los delirantes?: los otros pacientes. En la comunidad terapéutica, no solamente el personal es potencialmente terapéutico, activo o pasivo, sino que el resto de los pacientes son activos en la parte terapéutica. Y ahí era muy común que un paciente le dijera a otro: “yo también estuve como vos, yo pensaba lo que vos, pero fui saliendo”. Nunca explicaban cómo salían, será una cosa teórica que tenía que indagar yo. Pero era muy lindo ver cómo un paciente muy asustado, como es el delirante, se sentía apoyado. Era muy común ver levantarse a los pacientes y darle la mano al delirante.

También he visto asambleas en las cuales se cerraban las puertas y no entraba ni salía nadie, pero si los pacientes tenían que orinar, entonces iban y volvían. Y eso es muy bueno, porque también descubrimos que cuando iban afuera de a dos o tres, chusmeaban, pero de lo que se hablaba adentro, o sea que seguían la elaboración grupal afuera. No me interesaba que dieran la versión delante de mí, lo que me interesaba era que eso existiera. Algunos volvían, otros no, como pasa en todos lados. Tampoco eran chicos de colegio a los que uno les podía decir: “vuelvan”. A los esquizofrénicos, que a veces disparaban de alguna situación que habían tenido en la colonia, se les decía: “¿Se compromete a volver o no?”, y si cumplían el compromiso o no, la comunidad después los confrontaba. Era abierto eso, así que el ir y venir era una cosa que a mí no me molestaba, y tampoco el murmullo. Eran más o menos 400 pacientes, más el resto del personal, pero no iban todos, y todos murmuraban. Al principio me molestó el murmullo desordenado, pedía silencio. Yo les hablaba de las murmuraciones, del ruido que había. Pero después descubrí, porque el personal lo contaba en las evaluaciones, que no hablaban de pavadas, que hablaban de lo que estaba ocurriendo en la asamblea. Pero tampoco en nuestras asambleas había que estar sentado y pedir permiso. De pronto cualquiera se levantaba y decía: “yo quiero decir tal cosa”; si la cosa era muy loca se le decía que parara un poco, y después: “vamos a esperar a fulano”. Pero por ahí era eso lo que tenían que tratar y estaba medio taponado por los picos, por los baños, alguna cosa así.

-¿Qué son los picos?-

– Los picos de la canilla. Si las canillas se llueven, están rotas, los pacientes se quejan porque no pueden dormir, porque hay humedad, etc. Durante la asamblea, a través de la murmuración, yo les decía que no había ninguna limitación para levantar la mano o hablar sentado. La tendencia de los pacientes habitualmente era levantarse y exponer, abiertamente, con gestos; y cuando le tocaba al personal, que eso ya era más duro, también se levantaban y hablaban. Con el tiempo yo dejé que las asambleas las dirigieran los enfermeros, de a dos porque se asustaban un poco. Yo he ido a esas asambleas de incógnito, de atrás. En aquel tiempo no se usaba el guardapolvo y tenía grandes sorpresas, mucha emoción al ver cómo los enfermeros habían logrado el aprendizaje, mucha conducción. Las asambleas requieren nada más que estar presente, ordenar un poco quién habla y quién no, y nada más. Y ahí es donde yo también pude comprobar qué murmuraba el paciente o de qué hablaban entre ellos.
Después están los pacientes que son los silenciosos, pero que van a todas las asambleas: los viejitos, algunos esquizofrénicos crónicos; son pacientes que están atendiendo, que en el momento menos pensado hablan y hablan cosas muy medulosas. Eso nos ha ocurrido muchas veces. Así que nosotros no exigíamos tampoco que hablaran, ni el paciente de primera vez, no había ninguna exigencia en esos temas, todo el mundo venía a hablar cosas. Para mí la asamblea era el eje de la comunidad terapéutica; era como un termómetro o como un aparato que indicaba cómo iba la comunidad. Cuando se hablaba mucho de las cuestiones puramente de mantenimiento es que algo pasaba, que no salía el afecto, pero cuando había noviazgos o violaciones o prostitución -era mixto y no había homosexualidad-, no había problema. Uno sólo era gay, ahí si, ahí había más riqueza.
No obstante, no es necesario que uno tenga que estar esperando siempre que se hable de eso, por algo también hay una especie de retracción para hablar de cosas puramente afectivas. Se habla también de cosas administrativas porque en ese momento la comunidad tal vez lo requiera; así que no es tampoco discutible esto. Luego de la asamblea, nosotros hacíamos una evaluación con el personal asistente. La evaluación no duraba más de media hora pero era también bastante medulosa, porque la enfermería y los de mantenimiento que habían asistido comentaban sus sentimientos, sus sensaciones, lo que habían visto y también había confrontación conmigo si ellos decían: “Mire, doctor, me parece que Ud. no estuvo muy bien cuando dijo tal cosa”, o “cuando no hizo esto, yo hubiera hecho tal cosa”; sugerencias que eran siempre bien aceptadas. Por eso yo después dejé que los enfermeros pudieran dirigir una asamblea, dado que ya iban comprendiendo la mecánica. Más allá todavía, fueron los pacientes los que dirigieron la asamblea; pacientes que estaban ya bien y que luego fueron empleados. Un gran lío esto porque decían que para qué empleábamos locos siendo que había tantos sanos sin trabajo. Pero yo ya conocía a estos locos que ya se habían sanado y sabía que trabajaban bien.
Los pacientes dirigieron muy bien la asamblea, pero hubo que parar la experiencia por una orden superior, y eso no se discute. Esa dirección de los pacientes de la asamblea y la participación de ellos también en la evaluación era lo que yo llamaba “juego abierto”, que se entendió mal, porque se entendió desde un punto de vista político, aunque no tenía nada que ver. Porque sólo era ir dando responsabilidades a los pacientes que ya habían mejorado y que eran como nosotros, sólo que su estado civil era de paciente.
Pero el tema no era sólo con los pacientes. Hasta ahora he hablado sólo de eso porque la comunidad era para los pacientes, pero también el personal requería mucha atención. Yo dividía al personal en tres tipos: personal técnico, que era todo el que estaba en contacto directo con el paciente; personal técnico administrativo, que es un personal que tiene que ver con la administración de cosas del paciente, por ejemplo: las estadísticas, la despensa, la farmacia, esos que uno nunca sabe donde están para participar, pero hacen administración de cosas técnicas; y el personal administrativo público. Nosotros teníamos reuniones con todos, y después con todos los jefes. Eran muchas las reuniones que se hacían, aproximadamente 15 reuniones, aparte de las asambleas, por mes con los distintos miembros del personal. Tanto con los enfermeros, porque manejaban la sala, como también con lo que nosotros habíamos instrumentado que se llamaban “grupos de trabajo”.
Un grupo de trabajo estaba formado por un empleado cualquiera, un peón, y un grupo de pacientes. Nosotros estimábamos que el peón entendía como persona a los pacientes. Si bien, en principio, existieron fenómenos de competencia entre los peones o el personal de mantenimiento y los pacientes para ver quién trabajaba más, el personal entendió rápido que no había que competir, que era mejor que trabajaran los pacientes. Yo les dije: ”Y bueno, vaguen un poco, yo con tal que estén con los pacientes y que los traten bien y vean cómo evolucionan estoy contento”. Y allí se dio otro fenómeno: aumentó la producción. No eran los peones los que tenían que aumentar la producción, sino que eran los pacientes. Nunca quise hacer autoabastecimiento porque eso iba a darle a todo una cuestión de tipo esclavitud, que yo la había visto en otros hospitales. Sin embargo, hubo una comisión, que se formó espontáneamente y que me discutió y me tuvo mal, para establecer el autoabastecimiento y la venta de productos hacia el pueblo. Yo no admití eso porque con el potencial de trabajo, aproximadamente 500 personas trabajando en una huerta con pollos, rompíamos las verdulerías de la zona. Había también que evaluar la parte política de cómo se trabajaba; pero los pacientes entendieron. Lo interesante era ver cómo el personal ”no universitario”, y esto lo digo entre comillas y subrayado, por los de Paraná, ¡cómo trabajaban con los pacientes!
Lo que les puedo decir -creo que alguien lo dijo recién- es que cada paciente se merece el terapeuta que tiene, porque lo busca. Nosotros habíamos visto que ciertas características de personalidad del personal favorecían o no la evolución del paciente, y dejamos que los grupos se armaran espontáneamente. Solamente tenían que comunicar que cambiaban de lugar, que en vez de estar en el jardín se iban al tractor, y entonces empezamos a ver cómo las características propias de la personalidad del peón ayudaban al paciente. Pueden desarrollar toda la cosa analítica. Pienso que es el aporte que se puede hacer, que sería muy largo hacerlo.
Las hebefrenias -síndrome esquizofrénico de mal pronóstico- a nosotros se nos han curado; se puede discutir si eran o no,hebefrénicos, pero al menos sintomatológicamente lo eran. También se curaban los parafrenias y las paranoias. Es decir que ha habido remisiones de casos que teóricamente son muy graves, están historiados. El trabajo con el personal de mantenimiento era muy simple: sencillamente se escuchaba lo que ellos decían y se los orientaba diciéndoles “Mire, con fulano haga esto”.
Era muy grande el hospital con espacios abiertos, y se los veía haciendo largas caminatas, tomados del brazo y siempre conversando. ¿Qué conversaban los pacientes? Nunca supe, ni voy a saber, ni me interesa siquiera, porque sería violar la privacidad, que era otra cosa en la que yo insistía mucho. Hay ciertas cosas en las que no nos tenemos que meter, porque el solo hecho de respetar la privacidad del paciente rompe un viejo esquema de la psiquiatría, donde el profesional tiene licencia para violar toda privacidad.
El personal de mantenimiento era el que estaba más en contacto con el paciente, y con el que teníamos más reuniones; es el que absorbió más y el que sufrió más cuando la comunidad se deshizo. Con el personal que no pude nunca, fue el personal de los papeles. Les di clases, los reuní, hice las asambleas, pero el personal administrativo es un personal que está en una especie de torre de marfil, que sólo se digna a descender cuando va a la asamblea, pero después… Pero después, en algunos momentos, hubo que frenar todos los aspectos de burla a los pacientes desde los administrativos.
Los que menos se socializaron fueron los administrativos; y los que más se socializaron no fueron los enfermeros, sino los peones, y todo el personal de mantenimiento, los que no tenían ningún esquema referencial de la psiquiatría manicomial. Nosotros creíamos, y creemos aún, que este potencial terapéutico de pacientes con pacientes y pacientes con personal, es la socioterapia, la comunidad terapéutica. Ni hablemos de lo que podría ocurrir si todo un pueblo, si toda la población, hubiera colaborado en esto, pero eso ya era de largo plazo y muy difícil de hacer. Creo que les he expresado todo lo que es la experiencia mía. Tengo acá unas cosas teóricas pero no las voy a poder dar, más bien cada cuál lo piensa, es mejor así, y tal vez después, en la discusión o en los comentarios se pueda comentar. Nada más.

Raúl Camino, Disertación en mesa redonda, 1981.

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