Sep 162008
 
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-¿Tenías 28 años cuando iniciaste esa experiencia?-

-Si. Era un muchacho joven, con mucha fuerza, y ya tenía yo, desde que era estudiante, la idea de que el hospital psiquiátrico tenía que cambiar. Porque tanto en Córdoba, como en el Borda, donde vine a hacer la residencia, a mí me espantaba esta secuencia: desayuno, 5 de la mañana; almuerzo, 11 de la mañana; merienda, 3 de la tarde; cena, 6 de la tarde. Esto qué indicaba: que ahí no había posibilidad de hacer nada.
La otra cosa que me llamaba la atención, que saltaba a la vista, era cierta desatención de los pacientes, en este sentido: se le daba mucha importancia a los tratamientos biológicos. A los residentes se nos mandaba a hacer psicoterapia modelo kleiniano. Y el resto del día los pacientes andaban por el loquero.
Ahora, ¿qué veía yo? Que algunos deambulaban, pero otros iban a talleres, se juntaban. Es decir, el cuento de “cada loco con su tema”, yo nunca lo creí, nunca lo vi. Hay “locos con su tema”, pero cuando hay ciertos armazones que permiten el agrupamiento, el “loco con su tema” puede participar.
En el Borda yo era residente; yo no podía hacer nada. Lo único que pude hacer -raramente visto- fue sacar a un grupo de crónicos, a caminar. Eran unos crónicos particulares, porque uno era belga; el otro, nunca supe qué era, creo que polaco y los otros eran criollos. Con el belga había que hablar en francés; con el polaco, Dios dirá y con los criollos no había problemas.
Así salíamos a la calle. Los tipos miraban asombrados. Es que estaban todo el tiempo en la cama. Y yo pensaba: ciertas enfermedades pueden mejorar con algún tipo de actividad. O, por lo menos, no son todos los pacientes, como estaba descrito, esquizofrenias simples, en cama; catatónicos, en cama; paranóides, protestando solos. No era tan así. Eso era para el psiquiatra que lo veía una vez por semana. Pero como no había un orden o un ordenamiento, el paciente andaba por ahí, tirado, desordenado, en los yuyales.
Yo escuché a un director decir que él estaba orgulloso de que sus pacientes tomaran sol. Para nada. No tomaban sol, estaban locos frente al sol. Entonces, yo tenía en la mente cambiar.
Por razones de economía, no de soberanía, me fui a la Antártida, con la Marina.
Para no perder el tiempo, estudié temas de grupos, con los grupos antárticos, es decir: dieciocho meses en la nieve, aislado, sin mujeres, y leyendo sobre grupos. Ahí caen tres libros importantes para mi: Rodrigué, Clarcks, y Maxwell Jones. Yo no pensaba leerlos, pero dije: bueno aquí están; y los leí. Yo seguí describiendo la cuestión grupal, pero esas lecturas me marcaron. Y me quedaron las ideas.
Yo fui a Federal, y antes, en la Antártida, había un muchacho que era de Federal.
Como las películas que teníamos era muy viejas, y ya las habíamos visto mil veces -El Zorro, El Conde de Montecristo-. Entonces, cuando nos reuníamos, cada uno contaba sobre su lugar de origen. Este muchacho contó cómo era Federal, exactamente como yo después la conocí.
Cuando volví, ya estaba Onganía, y en Salud Mental empezaron a buscar “jóvenes oficiales” para la conducción. En mi caso, tendí a las colonias, porque había la intención de crear colonias “de desagüe”, es decir: sacar crónicos del Borda y llevarlos al campo, y listo.
Me hicieron recorrer en avión todo el Litoral, y fuimos viendo lo que eran cuarteles abandonados, que ya no servían y que habían sido creados, en una maniobra estratégica por Perón, previendo una posible invasión de Brasil a la Argentina. Era una cadena de cuarteles a lo largo del río Uruguay. Yo iba viendo.
Me gustó el de Misiones, pero los gendarmes no lo querían dar. Entonces, mirando bien los mapas, elegí Federal, pensando que, al estar más cerca de Buenos Aires, podía tener una mejor comunicación. Felizmente no fue así.
Voy a explicar lo de “felizmente”. Primero me llamaron -alguien que organizaba la parte administrativa- y me dijeron: “Vaya Camino. Usted va a tener residentes, terapistas, asistentes sociales, psiquiatras, avión”. Porque había una pista de aterrizaje para ir y volver. Eso, en honor a la verdad, era un proyecto que tenía Goldemberg. Y lo tenía planeado así. Pero ustedes saben que Goldemberg, ya en esa época, aparte de judío, era considerado “rojo”. Cosas de la época. Bueno, yo dije: bárbaro, esto viene bien.
A la semana vuelvo para buscar la dotación de personal, y el mismo tipo me dice: “No, mire, lo han pasado a otros hospitales; va a quedar usted solo”. “¿Cómo?”, dije yo. “Si”, me dice, “Son crónicos. Usted váyase al campo, cómprese unas hectáreas, unos animales, los pone a pastar, y pone a los enfermos a que le cuiden la hacienda”.
Entonces a mi me vino la imagen de esa cosa de esclavitud. Pero como yo tenía mi proyecto, dije: “si, total, veremos”.
Así me mandaron a reclutar personal. Y tengo que rendir un homenaje a los entrerrianos, gran gente: francos, directos, laburadores.
Todo el personal, salvo algunos profesionales, era gente que nunca había estado en un hospital, y menos en un hospital de locos. Así que ese personal fue formado en lo que se llama: “educación en servicio”.
Es decir que yo allá no era el “supuesto saber”, yo era “el saber”. Yo asumía un saber que no tenía, porque yo nunca había dirigido un hospital, y nunca había dirigido una comunidad terapéutica. Era solo un proyecto.
Como yo soy medio fóbico, cuando llegaron los pacientes, hice inmediatamente la primer Asamblea.
Primera cuestión: cuando yo llego al Borda a buscar a los pacientes, me dieron primero a los oligofrénicos, los dementes y los orgánicos. Así el proyecto no podía funcionar.
Entonces qué pasó: me peleo con el director a muerte, a los gritos. Porque, les voy a contar algo, yo acababa de venir de la Marina; vestía de punta en blanco; no de uniforme, pero sí de traje, impecable, y tenía unas costumbres que se me han ido -por ahí aparecen, pero ya muy poco- palabras breves: “firmes”, “terminar”, “comprendido”.El tipo me miraba, no entendía nada, y me decía: “Bueno, Camino, te pusimos los más buenitos”.
“Yo no quiero los más buenitos, yo quiero los funcionales”.
Entonces, un día me fui con tres aspirantes a enfermeros y elegimos 150 pacientes. ¿Cómo? Yo miraba la historia, el diagnóstico y por ejemplo, si decía: “retardo”, “oligofrenia”; no. Pero si decía: “esquizofrenia”, “paranoide”, “peligroso”, “recluido”, si. Si decía: “catatónico”, Si; “simple”, Si; “paranoico”, Si. Yo me llevé esos psicóticos medio indomables, así que me dijeron: “Cómo no, Camino, lléveselos todos”.
Y acá viene esta cuestión del crónico. El paciente crónico, de larga estadía, son pacientes que, una vez que enfermaron, nunca más se recuperaron, o han tenido recuperaciones breves, y siguen enfermos. Entonces están los delirantes, los alucinados, los simples, los defectuados, los residuales.
Para mi, en aquella época -y aún sostengo algo parecido-, esos eran pacientes “funcionales”; para diferenciarlos de los “orgánicos”.
Un epiléptico, un demente, una demencia alcohólica, un traumatismo de cráneo, eso es orgánico. Y a ellos no los tenía yo presentes. Yo tenía la idea de que estos pacientes funcionales, con los tratamientos modernos, y el tratamiento social, podían mejorar.
Entonces me llevé esos. No me importaba el peligro. Nos llevamos 150 enfermos en tren. Dos vagones “para locos”. Y tuve la oportunidad de ver el comportamiento del personal.
El Borda mandó cinco enfermeros; nosotros teníamos tres. La enfermería del Borda, acostumbrada a la época, no llevaba el apunte. Se juntaban ahí, chanceaban, tomaban café. Los míos estaban atentos. Entonces un paciente, mientras estábamos navegando en el ferry -entonces no estaba el puente-, me dice: ¿por qué no salimos a ver el río?
Yo tengo un criterio: si está todo medianamente armado, uno puede prevenir, así que le dije: “Bueno, vamos…”
Así fue que mis enfermeros empezaron a llevar de a quince pacientes a cubierta; y los pacientes empezaron a hablar. Un italiano decía: “Uh, me hace acordar a no se que río”, otro señalaba algo…Todos bárbaro. Y los del Borda decían: “Se va a tirar, se va a tirar”.
No se tiró nadie, no se cayó nadie, todos miraban y hacían comentarios. Hubo que hacer un trasbordo y no se nos perdió nadie; todos se ayudaban entre ellos. Todos preguntaban a dónde iban.
Ahora, yo después pregunté porque me habían puesto un tren “para locos”, nada más. Y ahí me enteré que hay una ley que decía -y aún dice-: “Si hay un enfermo mental, debe viajar solito en un vagón para locos”. Ley del año 17, que nunca se derogó.
La cuestión es que así llegamos a Federal, un poco cansados.
En los pueblos, el tren es el mirador. Yo, cuando quería ver cómo venía la mano, me iba a la estación; entonces uno ve que baja uno por acá, otro por allá, con distintos gestos, distintas características.
Bueno, ahí estaba todo el pueblo, viendo a los locos. Los locos formaron de cuatro en fondo, y tranquilamente subieron a los colectivos y los llevamos a la colonia.
La Colonia qué eran, como les decía antes, viejos cuarteles del ejército, con todo y calabozos incluidos. Y con un proyecto en marcha para reformarlos y transformarlos en hospital. De modo que nosotros, durante un año y medio, tuvimos lo que técnicamente se llama una “administración combinada”; los del ejército y nosotros… Pero el comandante era yo. De manera que el personal de ejército estaba subordinado a mí, y al que jodía, lo bajaba.
Me tocó, por orden superior, llevar a un medico grande, un parafrenico. Yo tenía que ser muy rápido, de acuerdo al diagnóstico, yo instalaba la medicación, de modo que los pacientes, todos, ya estaban medicados el primer día. Comieron, se bañaron, se vistieron. Y este médico me dice:”Me permite, voy a ver la medicación”. Y le dice a un paciente: “Abra la boca”, y le tira la medicación y le acierta a la boca. Buena puntería.

“Esto no está bien”, le digo.

“No, son loquitos, no se dan cuenta”, me dice…

Y a mí me apareció en la frente una cruz de Lorena: a la primera de cambio le hice pisar el palito, y chau.
Cuando uno tiene un proyecto en la cabeza, para que funcione, todos tienen que cinchar para el mismo lado. ¿Cuál es la definición de conducción? Es aunar voluntades para conseguir un objetivo común. La conducción no es mandar, decir vaya para allá, venga para acá. Eso es una locura. Lo que hay que lograr es que la voluntad de todos se una a la del líder, que entiendan la idea y empujen. Y este colega se fue.
Vinieron tres enfermeros del Borda por ser “experimentados”. Experimentados en las viejas mañas: out. De alguna manera se tenían que ir.
Vinieron unos enfermeros diplomados de la escuela de enfermería de los adventistas. Dos de ellos empezaron a ver aviones que los observaban y los filmaban: out. Muchachos, ustedes se van.
¿Con quiénes me quedé? Con los que no sabían nada.

Un mes antes de todo esto, la gente ya venía cumpliendo su horario de trabajo, porque tenían esa obligación. Y no sabían nada.
Entre mis subordinados también había suboficiales del ejército, que me decía “mi Teniente”, y yo les decía “Nada de mi teniente, llámenme doctor”. Eran buenos tipos, y un día uno de ellos se me acerca y me dice: “Doctor, ¿vamos a hacer academia?”, que es instrucción teórica, en la marina. Y ahí se me ocurre: separo al personal que iba a ser técnico: enfermería, asistencia social, todo así nomás, improvisado: y el personal de mantenimiento: talleres, trabajo agrario; y empezamos a funcionar en grupos.
Yo tenía 170 personas -cura incluido- como dotación de personal, y los dividí así: 90, supuestamente técnicos, en un grupo, para explicar lo que pasaba -mi colega el parafrénico se quedaba afuera y nos miraba, y sonreía, y yo pensaba: este no sabe con quién se mete. Porque la elasticidad no es blandura; la elasticidad es juzgar cada situación para entender qué fuerza hay que aplicar-. A este personal le expliqué brevemente el propósito de esa Colonia. Como había escuchado a una empleada comentar. “Uy, mirá el gurí -el pibe- que nos mandaron”, aproveché esa reunión para ser reconocido. El líder no es reconocido desde el principio; al principio es puesto a prueba. Entonces yo les dije que yo quería que esa Colonia fuese la mejor de Sudamérica. Y que íbamos a demostrar cómo se hacía una psiquiatría distinta.
Por supuesto, nadie sabía cómo era la otra psiquiatría, la que teníamos que superar, pero yo iba lanzándoles los mensajes fuertes de lo que quería. Así que el gurí era gurí, pero sabía lo que quería.
En realidad yo tenía que estar pensando continuamente: “¿y ahora qué hago con estos noventa?”
Usé el famoso método Phillips 66. Que eran seis personas, seis minutos. Allá eran diez personas, tres horas. Escribían, tomaban notas. Por ejemplo, yo recuerdo esta pregunta “¿Qué opina el pueblo de esta Colonia?”. Respuesta: yo era Hitler; me mandaban a quemar locos. Otra: no iba a poder manejar a los locos, entonces, iban a avanzar sobre el pueblo e iban a violar a todas las mujeres.
Tercera: había un puente que los ingenieros militares tenían que reconstruir siempre, porque cada vez que venía la creciente lo destruía; bueno, ahora no había que reconstruirlo, para evitar el malón de los locos.

Y todas así, ideas muy originales.

Yo dije, bueno, evidentemente no nos quieren. Y yo ya lo había advertido antes, cuando buscábamos un lugar para la Colonia que en ningún lugar querían una Colonia de locos. Pero sí se acordaban de que cuando allí estaba un regimiento de caballería, de unos 600 hombres, el pueblo se movía, económicamente se activaba. Y cuando llegamos con la Colonia volvió a moverse, porque aparecieron las compras, las licitaciones para abastecerse, y el pueblo vio que la cosa se reavivaba.
Bueno, un mes tuve así a la gente.
Los de mantenimiento, criollaje y gringaje más huraño, hablaban poco. Un día le pregunto a un alemán. “Dígame Bloch, ¿por qué no hablan?”. “Y, doctor”, me dice “a ver si decimos algo que no conviene y nos rajan”. “Bueno”, pensé, “está bien, está bien, estos se protegen”.
Lo que yo les explicaba en las “academias” era que ellos eran factores terapéuticos; que esta gente, con su oficio, con su funcionamiento, eran o terapéuticos, o anti-terapéuticos. No había neutralismo.
Todos se miraban. Alguno dijo: “Pero no somos doctores”.
“No”, les dije, “no importa que no sean doctores, importan ustedes, como personas, eso es lo que va a influir sobre esta gente.”
Ellos seguían mirando extrañados, pero les gustaba.
Cuando llegaron los pacientes, los que funcionaban como enfermeros se empezaron a mover, y muy bien.
Una de las cosas que yo había advertido en los loqueros era el “che”. “Che, andá para allá”, “che, vení para acá…” y no me gustaba. Entonces, desde el principio, saqué diez normas para el trato con el paciente. Tratarlos de usted, basta de che, el tuteo de acuerdo a la edad.
Cuando yo vine, semicastigado por el proceso, al Moyano, Marchant, el jefe del servicio, tenía las diez normas para el personal. Yo me hice el tonto, y él después me retó porque yo no había reconocido públicamente que yo las había establecido.
Otra idea mía era la siguiente. Yo en aquel tiempo, de Lacan no tenía ni idea. Todo era kleiniano entonces. Casco para soretes voladores, Vagina dentada. Entonces, yo trataba de tomar el modelo kleiniano de las ansiedades básicas.
No me salía. Yo trataba que el paciente tuviese dignidad. Dignidad de persona. Dignidad en el trabajo. Porque soy de los que piensa que el trabajo da dignidad a la persona. Por esto, una vez en Mendoza me trataron de marxista. Pero yo tenía claro esto de la dignidad, porque el objetivo, en mi mente, era que el paciente hiciera algo. Hay pacientes que tienden a hacer cosas espontáneamente, pero otros no.
Bien, primera asamblea. Llegamos un sábado, y la primera asamblea se hizo un domingo: 150 locos; un director loco; 180 empleados mirando. Y también mirando el intendente; el jefe de policía; el subjefe de policía; juez de paz, todo el mundo mirando.
Empezó la asamblea. Un intercambio de delirios espectacular. Entre ellos el director, porque el primer delirante era yo. Eso nunca se había hecho, en ningún lado, entonces el delirante lo estaba haciendo. Esto yo solo lo supe mucho después.
Entonces, se hablaba de platos voladores, de los espíritus, los comunistas, los anticomunistas.
Yo miraba. Las autoridades miraban. Después no vinieron más. Habrán dicho el circo ya está hecho, y listo.
En las asambleas siguientes los tipos no hablaban, y yo me enfurecía.
Un alcohólico me dijo:”Dígame, para qué quiere que hablemos, si usted es el medico, si usted va a definir todo; nos quiere hacer electroshock, lo hace; nos quiere mandar al calabozo, nos manda… Qué quiere que hablemos”.
Lo que yo entendí, mucho después, fue este fenómeno de la transculturación. Yo venía con una idea. Y los tipos venían con la “cultura Borda”: hablemos lo menos posible, y hagamos todo por abajo. Es decir que hubo que ir mostrando, poco a poco, que eso que yo pensaba se podía hacer.
Tres o cuatro meses estuvieron de bacanes, no laburaban, paseaban, morfaban. Y yo les decía: cuándo van a trabajar. “Qué vamos a trabajar, son ustedes los empleados, nosotros somos pacientes”. “Miren que les voy a pagar un peculio -un pago por el trabajo-”. “No, seguramente se lo va a guardar algún enfermero”. Porque estaba la costumbre de que algunos médicos y algunos buenos enfermeros se llevaran el pago de los pacientes y lo pusieran en su caja de ahorro.
Bueno, me decía yo, a tragársela, a aguantar.
Lo que yo pienso es que en estas instituciones, como en cualquier acto administrativo, hay que aprovechar esos momentos que se dan solo una vez, y que son de emergencia. Ahí el líder tiene que ir a la cabeza.
Entonces, un día vienen los del ejército, se cuadran, y me dicen: “Doctor, tenemos que cambiar el depósito”. Porque el depósito estaba en una de las salas que había que reacondicionar, entonces había que mudarlo a unas caballerizas cubiertas que podían cumplir el mismo propósito.
Le digo: “Busco el personal, y esto lo hacemos en una semana, más o menos”.
“No, no Doctor, en dos días”
“No voy a poder”
“Pero hay que hacerlo”
Entonces voy a los pacientes, y los arengo. Porque yo usaba recursos como la arenga. La arenga es una manera de sugestionar a la persona para que haga algo.
Entonces, arengo a los pacientes: “Señores, pasa esto y esto y esto… De manera que a partir de ahora vamos al depósito y lo trasladamos. ¡Vamos!”. Y corrí yo adelante.
Me siguieron.
En menos de dos días, depósito trasladado, y pacientes laburando, al lado de los empleados.
Porque también los empleados andaban mañereando: “Con los locos no, yo no trabajo”.
De ahí en más, salieron las listas para trabajos, y allí comenzó lo que técnicamente se llama “rehabilitación laboral”.
Lo aprendí cuando fui a Dinamarca, pero antes ya lo hacía a ojo, con las ideas de Cabred.
Al mismo tiempo se empezaron a afianzar las asambleas. Se empezaron a afianzar por los pacientes se empezaron a dar cuenta de que lo que se decía se hacía.
En una de estas asambleas un empleado lo recrimina a un muchacho, a un paciente, diciéndole: “Vos te querías levantar a mi hija”… Hasta delante de los generales, que estaban todos ahí, con otros funcionarios que justo ese día habían ido.
Y el paciente le dice: “¿Y para qué traes a tu hija acá, si es tan linda? Cómo no te la vamos a mirar”.
Y ahí se armó una pelotera. Y esto motivó una gran discusión: ¿qué pasaba con las chicas jóvenes que visitaban a los empleados?
Yo ya aparecía más tranquilo; ya hablaba menos.
En otra ocasión, aparecieron mujeres: “las chicas” del Moyano. En el Moyano ya sabían que yo me llevaba a estos locos funcionales, y me mandaron todas las esquizofrenias simples.
Los pacientes esperaron a las chicas; las cortejaron. Las mujeres del Moyano no estaban acostumbradas a estar con hombres, así que no les llevaban el apunte, los miraban como diciendo y estos quiénes son, qué quieren.
La cuestión es que teníamos de un lado una sala de varones y del otro lado dos salas de mujeres; pero yo no tenía la gran pared con vidrio arriba, para que saltaran. Yo ya había visto, en Oliva, tipos tajeados, pero contentos. Así es el instinto, o la pulsión.
Y las mujeres fueron a las asambleas. No entendían nada, pobres; venían más atrasadas.
Después se incorporó también gente de otras colonias; más chicas, de Entre Ríos, y alcanzamos los 380 a 400 pacientes.
¿El equipo?: Un psiquiatra -el subscripto-; personal en formación continua; un clínico que venía y se iba, con el cual hubo muchos problemas, y al cual al final eché, con las mismas normas de López Rega que él pregonaba. Porque también hay que tener astucia. Porque, como decía el jefe de los comandos ingleses: “hay que ser un león en la batalla, y un tigre con la burocracia”; porque la burocracia jode, y jode, y jode.
Cuando se completó el número de pacientes, todo el mundo fue a talleres, y hacíamos tres asambleas por semana: por la mañana los lunes y viernes, y los miércoles, a la hora de la siesta -donde, efectivamente, el doctor Camino se dormía-.
Estas asambleas duraban tres horas. Yo no creo en la asamblea de una hora. En una hora recién empieza a caldearse el ambiente, y yo tengo una teoría: se hacen asambleas de una hora, porque cuando se calienta el ambiente, viene el peligro.
Tampoco creo en las asambleas con “orden del día”; eso congela. Anotan, media hora de anotaciones: primer tema: tonterías; segundo tema: algo interesante; cuando llega el tema importante: “bueno, ya nos vamos, terminamos”.
Allá la asamblea era libre. Como era libre, los pacientes no arrancaban. Entonces yo qué hacía. Había leído por ahí que algún terapeuta grupal hacía esto: yo llevaba un diario, o una revista, y como nadie hablaba, yo decía buen día, y me ponía a leer.
Leía en serio; no fingía. Hasta que alguno decía:”Eh, pero usted que viene, ¿a leer?”
“No, tienen que hablar ustedes. Como no hablan, yo leo.”
Entonces decían: “jodido el Negro”, pero arrancaban.
Yo tenía varios sobrenombres: el Negro, Poncho Rojo, Poncho Negro, el Tigre, el Puma, y Urquiza.

Todos hablaban de un liderazgo fuerte.

Las asambleas empezaron a adquirir una gran dinámica, que yo iba conociendo. Primera parte: me quiero ir de alta, yo también, y todo el mundo se quería ir de alta. “No jodamos”, les decía yo. A ver, usted se quiere ir de alta, vamos a ver…
Entonces, el alta en gran medida la definían los propios compañeros, que le decían: estas bien, estas mal, te falta un poco.
Después salían temas administrativos que a veces parecen aburridos pero no lo son. Son de una gran importancia para el funcionamiento.
¿Cuál era mi ventaja? Que yo era el director, y si el paciente proponía algo bueno en lo administrativo, yo lo podía implementar desde mi autoridad.
El problema de hospitales grandes, como Borda y Moyano, es que los servicios, siempre con esta tendencia argentina al liderazgo único, dependen del director. En Inglaterra, por ejemplo, Clark disponía de su servicio, y el director lo dejaba hacer lo que quisiera. Acá no, porque los directores viven con el miedo paranoico a que se les subleve la tropa.
Temas administrativos puros: la comida.
Agrupación que come mal, anda mal. Entonces, cuando los pacientes se quejaban de la comida, que venga la cocina y explique.
Ahí me enteré de que a los porotos hay que ponerlos en agua. “Los porotos viene duros, no los pusieron en agua”, se quejaban los pacientes. Bien, los porotos empezaron a venir mejor.
La comida mejoraba continuamente. Y cuando los pacientes decían: “Ayer tuvimos una comida espléndida”. Venga la cocina. Aplausos para la cocina. Porque no solo hay que sancionar, también hay que hacer menciones, premiar.
Problema de las luces. A la noche hay que poner a los enfermeros vagos, los maternales, los fiacas, los tipos que no joroban con la luz, que no están todo el tiempo controlando si están o no los pacientes, porque esos, muy celosos, muy activos, enloquecen.
“Uy, Fulana prende la luz a cada rato”. A cambiar a Fulana, a ponerla a la mañana, y listo. Es decir, uno le va encontrando a cada persona un lugar. Los pacientes son los que nos van guiando en estos movimientos.
La prostitución. Había una chica que aparecía cuando se cobraba el peculio. Era la enemiga acérrima de los homosexuales. Nosotros teníamos, al menos reconocido, un solo homosexual. Resulta que esta chica era alemana, y el muchacho homosexual también, así que ella lo puteaba en alemán, en un dialecto del Volga, y yo le decía: “tradúzcame”. “No, le estoy diciendo que no sea puto, nada más”, me contestaba, y el otro se ponía colorado.
Ese muchacho fue el que me reintrodujo en el andar a caballo, y eso era importante.
La asamblea es muy linda, muy activa, pero no es todo. Yo pienso incluso que una comunidad terapéutica puede funcionar sin asamblea; por ejemplo: las de oligofrénicos, las de dementes, donde no hay capacidad de palabra.
Pero eran años románticos, de ideología, entonces, reinaba el ágora, la Plaza Roja, y eso era lo que estaba bien.
Yo tuve que pensar mucho, porque incluso se quería implantar el modelo de comunidad terapéutica en la sociedad. Venía la bolchevicada y me decía:”Tenés que implantar eso en el pueblo”. Entonces yo tenía que discriminar bien, y me decía: no, esto es un sistema hospitalario, intrahospitalario, lo otro es otra cosa. ¿Qué iba a hacer, sino, ir al intendente y decirle, hagamos una asamblea en la plaza?
Eso hay que tenerlo claro; pero a los ideólogos de Buenos Aires les parecía que debía ser así.
Cuando vino Cooper, en un reducto como este, pequeño, pretendía hacer sentar 300 tipos. Eso era “antipsiquiatría”. Nosotros no éramos antipsiquiatría, éramos “otra psiquiatría”. Yo siempre lo dije. Aquí había otro orden. Sobre la sexualidad, por ejemplo, nosotros no hacíamos camas redondas como hacía Laing en Londres. Las relaciones sexuales estaban prohibidas. Si las había, las había. Pero nosotros controlábamos que no pasara cualquier cosa.
A propósito, sobre este mismo tema, una vez hubo un violador. Les decía a las pacientes “Ves allá, tengo una casita con unos chanchos, ¿vamos a verla?”, y ahí las violaba, amparado por otros dos, esquizofrénicos.
Apareció el tema en una asamblea. Lo querían echar, pero yo un poco me oponía, hasta que un epiléptico me dijo: “Mire doctor, si no se va, un día de estos…”, e hizo el gesto de “lo degollamos”. Cuidado con los epilépticos, nunca mienten, y lo que dicen que van a hacer, lo hacen, así que el violador, expulsado. Lo llevaron a la estación, lo metieron al tren, y al Chaco.
A los tres años, me manda una foto, con su mujer y sus chicos. Se había casado. Agradecía que lo hubiesen echado.
El trabajo. Yo no tuve una terapista ocupacional, pero una mujer muy centrada dijo: “Doctor, no podemos hacer talleres acá”. “No”, le dije, “trabajemos sobre lo que hay”.
Eso se llama técnicamente “rehabilitación laboral”. El paciente va y trabaja, directamente.
Entonces, los pacientes se integraban al grupo jardín, grupo huerta, grupo doma de caballos, grupo crianza de animales, zapatería. Estaban distribuidos en todas las áreas.
Esto obligó a hacer reuniones con cada sector. El personal era el gestor, el que establecía un lazo social, pero también determinaba una identificación, un modelo de identificación, y eso funcionaba bien.
Yo tomaba como unidad de medida no el día, ni la semana, sino el mes. Yo en un mes puedo hacer de todo, sin estar forzado como cuando las cosas se miden en términos de un día o siete días. Así que, como estos talleres eran 38, cada 38 días se hacía una reunión con cada uno, y así funcionaba bien.
Domábamos caballos, no “de arriba”, a la fuerza, sino “de abajo”, acariciándolos.
Ahí me dí cuenta del valor de los epilépticos, que no le tiene miedo al animal loco, porque, aunque parezca mentira, teníamos caballos locos. Yo he visto suicidarse a un caballo, tirándose contra un palenque.
Yo era de andar a caballo. Andaba de botas, bombachas, poncho, alpargatas. Era un criollo más; de modo que cuando yo entraba al hospital, hasta costaba darse cuenta de quién era.
Una vez, llegando al mediodía, voy a la huerta y estaban los dos empleados chacoteando entre ellos, y los pacientes laburando, dirigidos por otro paciente. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba ahí pensaron que los iba a sancionar, pero yo les dije que no, que así tenía que ser, que eso era bueno, porque eso es lo que se llama “delegación del liderazgo”.
Hay que animarse a delegar al paciente; no al personal, porque eso es lo lógico, sino al paciente. Cuando el liderazgo es del paciente eso es mejor, porque es un par; porque siempre hay una división entre el supuesto normal y el supuesto loco.
Por esta cuestión de andar como un paisano más yo podía ver la interacción entre todos.
Por ejemplo, ante una asamblea muy feroz, un anochecer, cuando todos los gatos son pardos, yo paso cerca de un grupo que estaba mateando, y escucho que uno de los pacientes decía: “Estuvo bravo el Negro, cómo le paró el carro”. “Si, decía otro, pero Fulanito le contestó fuerte también…”
Ahí me di cuenta de que estaban haciendo un análisis de la asamblea, pero el de ellos. Lo mismo que hacíamos nosotros, el personal, lo hacían ellos, una evaluación.
Yo decía: puta, pondría micrófonos, cámaras por todos lados para tener registrado, guardado todo esto. Por supuesto, no era posible. Entonces me decía: me pierdo esto, me lo perderé para toda la vida, pero sé que lo hacen.
Por eso, para esto, es fundamental que en una comunidad terapéutica haya tiempos libres. Es importante que haya actividad, trabajo, pero yo he conocido comunidades terapéuticas donde no había tiempo libre para nada. En una comunidad tiene que haber tiempo para ir al baño, para respirar, para hacer la siesta y tomar mate.
En Federal, a la tarde, después de la merienda, los pacientes caminaban; los viejos pacientes caminaban tomados del brazo, como en las plazas; otros tomaban mate; se juntaban de acuerdo a sus preferencias y charlaban.
En esas situaciones uno ve pacientes que no participaban nunca en las asambleas, pero ahí iban, y participaban.
También por eso la rehabilitación funciona.
Otra cuestión de la vida diaria: los muertos. Cuando alguien estaba por morir: llamen al cura. A dar los sacramentos.
El cura venía, daba misa, y hablaba boludeces, también pensando que, total, le estaba hablando a locos. Un día lo llamo y le digo: “Padre, los pacientes se andan quejando de su sermón”. “Bueno”, me dice, “yo trato de hacerles un sermón acorde” “No, déjese de joder”, le digo, “dé un sermón como la gente. La misa tiene tres lecturas, la primera, la segunda, y el evangelio, se coordinan, tienen una unidad de pensamiento; mire eso, diga tres o cuatro frases, y listo, no me venga a decir pavadas.”
Y lo empezó a hacer. Resultado: se llenaba el salón.
Por supuesto había gente de todas las religiones. Había protestantes. Bueno, vamos a buscar al pastor.
Había uno alemán, que había estado en la guerra. Le dije -por separado, porque el cura le tenía miedo al pastor- que, por favor, no hiciera proselitismo.
Cuando el pastor no venía, los evangélicos iban a misa.
Cuando moría alguien, se lo velaba, se ponían las velas, se hacía el cortejo, se rezaba el rosario, venían todos, y, como siempre, se decía: “qué bueno que era”. Por ahí era mentira, pero se decía lo que siempre se dice, en cualquier parte. Después lo enterrábamos, en un predio que nos había dado el cementerio. Íbamos con el colectivo, con el tractor con acoplado, en la camioneta, en todo lo que podíamos. Se llevaba el cajón, y el responso le correspondía al cura. Menos un primero de noviembre que no vino el cura. En los barcos, cuando no hay capellán, el que reza es el comandante. Así que el doctor Camino agarró un misal, y hubo que rezarle a todo, el responso. Pero bueno, eso se respetaba, porque el muerto tiene una significación para los vivos; no puede quedarse sin rezo.
Fiestas patrias. Es decir: participación del paciente en la comunidad.
Por allá suele haber tornados; chiquititos, pero una vez uno se llevó medio pueblo. El intendente me pide el personal, “Si quiere le mando más gente” le digo. Bueno. Le mandamos todos los pacientes. En un día levantaron todo de nuevo, y los pacientes, contentísimos de colaborar con la comunidad.
Allá, en las fechas patrias, desfila el colegio, la policía, la intendencia, entonces, por qué no los pacientes. Desfilaban: colectivo, tractor, y la llamada “caballería”; es decir, los pacientes montados a caballo, con unos banderines. Nosotros ya teníamos bandera propia. Era una bandera verde con dos franjas blancas, esa bandera desfilaba con la bandera argentina.
Esa bandera era también la que se usaba en los partidos de fútbol, donde se implantó una consigna: no “pacientes” contra “normales”; se elegían, se mezclaban, y se hacían dos equipos.
Así jugamos torneos. Nos fue bien y mal, como a cualquiera.
Verano. Mucho calor. Un paciente dijo: “Uh, acá habría que hacer un campamento”. “Y cómo lo hacemos, le digo. “Y qué se yo, doctor, usted es el director”. “¿Le pido a los milicos?” “No, están bajo cargo, no se las van a dar”. Entonces fui al ferrocarril, y me dieron las lonas para tapar vagones. Entonces un paciente dijo: “Hagamos como los gitanos”: dos palos, y una carpa enorme, y listo.
¿Modalidad de los campamentos? Los dirigían los pacientes. El personal iba de vacaciones, a repartir los remedios. Aún así, también los repartían los pacientes.
Los pacientes decidían e implantaban ellos mismos los horarios para levantarse, para las comidas, y el que iba, acataba.
Como ese campamento se hacía a 30 kilómetros de la colonia, no teníamos comunicación directa. Había cerca un puesto de estancia con teléfono, pero un teléfono raro, que no andaba bien. Entonces, para comunicarnos con la colonia, salíamos por la radio uruguaya, que decía: “¡Colonia Federal informa: Campamento, todo bien!”.
Campamentos hicimos hasta el último año, ya con los militares. Cuando el comandante de la zona me llamó y me dijo: “Camino, por favor, no haga más campamentos, porque andamos por el monte, y a algún cabo se le puede escapar un tiro” Y ahí los tuve que suspender.
Esto fue un pantallazo de lo que fue Federal.
Yo trabajaba 16 horas por día. Yo tenía dos cabezas, con un switch. Por un lado, la administración, por otro, los pacientes; personal. Muy difícil es el personal administrativo; siempre están en su torre de marfil, impolutos, no tocados por la locura.
Yo pedía que fueran a las asambleas. Pasaron dos años y nada. Llega marzo, y les digo: “Bueno, señores, el personal administrativo está obligado a saber qué es la psiquiatría; por lo tanto, de ahora en más, todos los miércoles, de siete a nueve, clases de psiquiatría”.
Se tragaron a Henry Ey. Después fueron; no jodieron más. Después vieron que así podían, por ejemplo, pelear un presupuesto, porque allá todo era grupal: los ascensos eran grupales; el presupuesto se discutía un mes, en grupos en lo que cada cual peleaba por lo que quería. Yo tenía una cantidad fija. Nunca faltó nada; tampoco sobró.
Cuando llegó el Proceso, empezaron a sospechar que todo lo que empezaba con “comu” era “comunista”. Y empezaron a sospechar de mí. En realidad, estuvieron a punto de liquidarme. Me salvó un aeronáutico, el director del Moyano, cuando ya estaban los gendarmes, con ametralladoras, listos para llevarme.
No lo hicieron, pero mandaron gente, tradicionalista, que suspendió totalmente el proyecto, y me metieron tres denuncias. La primera no me quedó clara. Fue sobre la moral del doctor Camino y la señora del (????). Después vino la denuncia por montonero. Ahí es cuando me iban a “limpiar”. Y al final me metieron un juicio porque, según la denuncia, yo había robado un arado y dos ruedas de tractor. La verdad, tenía un problemón: no encajan las ruedas de tractor en el arado, no encajan.
¿Y qué pasó en la colonia? Una vez había tenido que ir a buscar unos libros y vinieron a verme, de madrugada, a contarme lo que hacían. Que los pacientes, en secreto, siguieron haciendo reuniones.

-¿A usted lo habían sacado de la dirección y pusieron a otro en su lugar?-

Yo, en realidad, fui previsor. Conociendo esos tiempos, yo me dije:”no, de acá me van a mover; tengo que anticiparme”. Entonces viajé a Buenos Aires y fui a ver al que estaba a cargo, un tipo de ejército, bien milico, y le dije: “Mire, doctor, yo quisiera ya cambiar el comando”.
“¿Porqué?”, pregunta.
“Porque todo comando prolongado, degenera la acción”.
“Muy bien, doctor”, me dice, “muy bien”
Claro, eso estaba en los manuales… Después, tuve en cuenta otra cosa: si uno, en la marina, pide ir a Salta, lo mandan a Ushuaia. Así que cuando me preguntaron a dónde quería ir, les dije: “Mándenme al Borda”, que era precisamente donde no quería ir, porque en el Borda había un marino muy jodido. Resultado: que me mandaron al Moyano. En la colonia se armó un yuyal, decayó el mantenimiento, y de nuevo empezaron a andar los locos sueltos por ahí.
En aquella ocasión, un general, Olivera Delarovere, me manda a llamar al Círculo Militar. Yo, bien trajeadito, fui, preguntándome que querría.
Olivera Delarovere tenía un hermano que tenía un hijo en la colonia, y me insta: “Doctor, usted tiene que volver allá” Pero yo la lo tenía decidido. Además, sentía que había cumplido un ciclo, y además, me quería analizar.
Yo había ido sin análisis; probablemente por eso hice aquello. Después tuve un analista que me criticaba el haber hecho Federal. Pero que me dejara de joder, lo único bueno que había hecho en mi vida me lo venía a criticar.
Bueno, la cuestión es que me instaron a volver, pero yo dije que no, y aquello se vino abajo.
Cuando vino el alfonsinismo, al cual le voy a hacer una crítica feroz, teniendo la oportunidad de retomar la experiencia, se quedan en la experiencia uno a uno, en lo individual, porque el director de salud mental era alguien de la APA: Galli. Ellos sabían del caudal terapéutico que había allá, pero no lo aprovecharon. Todos sabemos lo difícil que es cambiar una cultura, y en esto tiene mucho que ver, lamentablemente, el psicoanálisis. Ignorando que en las comunidades terapéuticas se crea lazo social, se crean suplencias; débiles, pero suplencias; mal anudadas, pero suplencias. Si el sistema funciona, podemos avanzar un poquito. Mucho, puede que no se consiga, pero algo si. Hay locos que no podrán volver nunca a su casa, pero lo que se pueda avanzar, hay que hacerlo.

-¿Cuanto tiempo estaban los pacientes en la colonia?-

Nosotros tuvimos una estadística de 85% de altas. Con crónicos, 85% de altas. Más que el Borda, que contaba con Consultorios Externos.
En una ocasión, una autoridad me dice: “Vos das poco Halopidol”. “Si”, le digo, “porque no hace falta”; “Tenés que dar más”; “¿Por qué?”, le digo; “Porque hay que dar más”; “No”, le digo, “no hace falta, porque con estos sistemas se necesita menos medicación”.
(COMENTARIO: Sería realmente para una investigación, esta cuestión de las cantidades de medicación necesarias en los dispositivos grupales).
Así es. Y otro me dijo: “Vos les das a todos igual”; “Si”, le digo, “cuando hay Halopidol, doy Halopidol; cuando se acaba, doy la que tengo”; “¿Y porqué?”; “Mirá, cuando tengo munición Halopidol, la gasto, y paso a munición Stelazine, y la gasto. Porque si empiezo a diversificar, cuando se me termina una medicación y no me la mandan, empiezo a tener problemas”.
Además, los pacientes regulaban su propia medicación. Yo los consultaba a ellos mismos sobre la cantidad que sentían que necesitaban, porque eso también era cogestión.
Cuando a mí me prohibieron hacer “asambleas”, qué hice: nunca más las llamé “asambleas”; les puse “reunión de pacientes”. Yo no soy tan nominalista. El nombre no es fundamental.
Además me preguntaban: “¿Porqué hace reuniones, Camino?”
“Porque estoy solo”, y listo.
Cuando había problemas y me mandaban a llamar, yo les ponía, en términos navales: “meteoro desfavorable, imposible viajar”; o sea, malas condiciones climáticas. Alguno me decía, “Pero doctor, hay un solazo bárbaro, quién le va a creer” Era cierto, pero quién carajo se iba a ir a fijar. Y listo, no viajaba.
Un detalle sobre la cuestión con el tiempo: en el año 89 yo vuelvo, y me encuentro con un paciente que estaba en una caseta. “Hola, Fulano, ¿cómo le va?”. “Ah, Doctor, hace un tiempito que se fue usted”. Claro, era un paciente esquizofrénico. Para él, yo me había ido hacía un ratito.

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 Posted by at 5:55 PM

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